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COLUMNA DE OPINIÓN

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09/03/2025

El 7 de Marzo y la participación del gaucho Molina

Escribe el profesor en Historia, Jorge Entraigas.
Destacan las andanzas de un patriota.
Destacan las andanzas de un patriota.

Al comenzar el mes de marzo  se  instala nuevamente  en la comunidad  del valle inferior una fecha muy especial que conmemora  la valentía y arrojo de los vecinos,  tropa, indios lugareños (tehuelches) y autoridades  que actuaron en los memorables días de marzo de 1827.

De manera que año a año, se reedita cual mito maragato y patagónico el mismo ritual con el fervor siempre fundante (primigenio) que se va insertando en las nuevas generaciones. Los hechos y los principales protagonistas de  esta gesta se  fueron  incorporando a la tradición oral, que junto con  la documentación escrita constituyeron  la base para  que los historiadores elaboraran trabajos sobre esta rica temática desde variados puntos de vista dando diversas interpretaciones como por ejemplo García Enciso en su libro “La gesta de Patagones” que da la versión que puede ser considerada oficial.  

Entre los primeros historiadores que se ocuparon de estos temas mediante el análisis de  las gestiones y trámites realizados por el Gobierno Nacional fueron los historiadores Dora Noemí Martínez y Carlos María Gorla en un artículo publicado en La Nueva Era del 6 de marzo de 1977. De los numerosos protagonistas, en este escrito, rescataremos una importante figura que ha quedado escasamente visible como es el gaucho Molina.

Retomando el proceso histórico, hay que tener en cuenta que por  esos años, los hechos que afectaron al  antiguo poblado norpatagónico, completamente aislado,  tuvieron múltiples desencadenantes. Por un lado estaba  la situación nacional e internacional,   y por otro su influencia en lo local, con una heroica e inolvidable respuesta.

 A comienzos del siglo XIX, las recientemente independizadas provincias del Río de la Plata junto con  Brasil  entraron en guerra  por  la  posesión de la  Banda Oriental (hoy Uruguay),  clave en la navegación de los ríos mesopotámicos que se habían transformado  en una importante vía comercial. Si bien la superioridad rioplatense en tierra era notable, no sucedía lo mismo en el agua, ante lo cual la armada de  Brasil estableció un bloqueo del puerto de Buenos Aires.

Entonces cobró importancia el puerto del rio Negro  escasamente defendido, por lo que se tomaron una serie de medidas  ante el peligro de una invasión de los  brasileros al sur de Buenos Aires, ya sea por Bahía Blanca o Patagones y el temor siempre presente de que una potencia extranjera intentara sublevar   a los indios contra los bonaerenses. 
Mediante una circular del 6 de diciembre de 1825 el Gobierno de Buenos Aires había alertado acerca de los planes de Emperador del Brasil de enviar un ejército destinado a  “ocupar el establecimiento de la Patagonia con dos mil hombres, mover los indios y unidos a ellos invadir todas nuestras fronteras”.  

Por otra parte,  a través del espionaje montado por el coronel Oribe en Montevideo  se tomó conocimiento de que  a esa ciudad   arribarían buques con 800 hombres con destino  a Patagones (comunicación del general Alvear al ministro de Guerra del 31 de agosto de 1826). En efecto, en setiembre de ese año  llegaron los buques a Montevideo, quedándose  hasta  octubre de 1826 cuando se decidió enviarlos para “quitar al enemigo el único puerto que le quedaba (se refiere a Patagones) y  […] abrir un nuevo frente al Gobierno de Buenos Aires, induciendo a los indios a renovar sus malones sobre la Capital de las Provincias Unidas”.

En el orden local, había preocupación en la población asentada en ambas márgenes rionegrinas acerca del comportamiento de los indios con quienes habían mantenido relaciones armoniosas en general, pero que se verían afectadas con la otra parte del plan brasileño.

 Ante estos  planes, el gobierno provincial  trato de conseguir una paz duradera con los nativos destinada  a  evitar los posibles  ataques desde el sur de Buenos Aires, por lo cual  se dejó sin efecto un decreto de 1821 que limitaba el intercambio    en Patagones. Aclaremos que este decreto tenía el objetivo  de impedir que se negociara hacienda robada en Buenos Aires.

Los documentos de la época posteriores a  la comisión de Mateo Dupín  sostienen que: “En  cuanto a la aptitud de los indios, los pampas y tehuelches habían manifestado una pacífica posición y si bien no eran los más numerosos su decisión por la paz iba a quitar fuerza efectiva a ranqueles y araucanos”.  

También los escritos  realizados por Rosas, Senillosa,  y Lavalle alertaban sobre  los  posibles intentos de los brasileros en el sur. En el orden local, Martin Lacarra,  comandante del fuerte de Río Negro,  informó a Ambrosio Mitre el 14 de marzo de 1826 acerca de la  circulación de  noticias  de “que había arribado a Bahía Blanca un buque brasileño para traficar.

En tanto que, una carta del coronel Rauch a Lacarra habla de “la necesidad de mantener la amistad y alianza que tenemos con los Indios Tehuelchus”.  Además, este militar trató de reforzar el aspecto militar de la región por lo que  dispuso que el gaucho Molina con un grupo integrado por 22 hombres  que estaba por  la zona del Río Colorado fuera a  Patagones.  

Al respecto dice Gorla que  “A fines de febrero [de 1827] una avanzada de la división de Rauch fue destinada, por este a proteger a los cacique aliados, que se hallaban sobre el Río Colorado lo cual debía contribuir ‘a la terminación de una empresa que –decía su Jefe el Capitán Molina – va a asegurar la frontera  de ulteriores irrupciones”.

Para concluir que “como en otras ocasiones fueron los tehuelches los eficaces colaboradores de Patagones, contribuyendo a dar tranquilidad a una región, como la del Río Negro que entonces era vital para la defensa de la integridad de la República Argentina”.

El protagonista del refuerzo  militar enviado por Rauch  fue  José Luis Molina, conocido también como  ‘el indio’, ‘el pampa’, o ‘el gaucho”, ex capataz de la estancia Miraflores de Ramos Mejia,  instalada cerca de la Laguna Kaquel Huincul  donde había un fortín.

Este estanciero firmó el tratado de paz  de Miraflores con el Gobierno representando a un importante grupo de indios amigos. Saldías  aporta otros datos sobre la vida de Molina al señalar  que fue  “un antiguo soldado de San Martín y hombre de valer entre los indios, como que a sus aventuras en la vida del desierto, unía la circunstancia de ser casado con la hija del cacique Neukapan”, un empleado de la estancia de  Ramos Mejía.

Su agitada vida en las llanuras pampeanas junto a Juan Catriel entre otros, llego a su fin cuando  por temor a una posible acusación de traición por parte de los indios solicitó y logro la protección del comandante de fronteras Juan Cornell.

Estuvo en el Fuerte  Independencia  hasta que  “ el 4 de julio de 1826 fue indultado por el Presidente Rivadavia  y pasó a servir al ejército de Rauch como baqueano. Es decir era un guía por los  itinerarios del desierto,  traductor de mensajes y parlamentos, intermediando en contacto con los indios, misión que “…implicaba una gran responsabilidad; al punto que como se ha dicho ‘valía más la cabeza de un baqueano que la de un cacique o jefe de ejército” según Hugo Chumbita en “Jinetes rebeldes”.

El historiador José Juan Biedma fue el primero en  valorar  su accionar  al decir que el 7 de marzo en Patagones: “Allí estaba el alma de la resistencia. Era un grupo de 22 hombres mal armados, pero amunicionados; y sin embargo aquel pequeño obstáculo  impedía que quinientos  brasileros  en perfecto orden de batalla se posesionaran de la plaza que ya tocaban. El baqueano Molina preparábase, con su partida de 22 hombre media oculta, a desbaratar  por una astucia bien conocida el plan de los invasores…”.

El Comandante  Lacarra dice en su parte que al amanecer del 7 de marzo “La división por tierra  [de los brasileros que se dirigían a Patagones] fatigada por la marcha y mal camino durante la noche, y por el excesivo calor del día aumentado por el fuego del campo que se había incendiado por diferentes puntos, hostigada sobre todo por la sed, podía ya oponer poca resistencia  manifestándole hallarse ya apresados sus buques, y en el acto rindieron las armas….”.  Chumbita también destaca este accionar de Molina.

La vida de Molina se complicó a raíz de las luchas internas bonaerenses. En diciembre de 1829 desatada nuevamente la guerra civil después del fusilamiento de Dorrego “Molina, capitán de indios bandidos y montoneros se convirtió en un azote cuyas hazañas  ocupaban diariamente las columnas de la prensa porteña.  [Junto con ] los lanceros de Catriel, Cachul y Negro engrosaron las milicias rosistas enfrentado las tropas de Lavalle”.  

Esta vez, Molina comandaba una montonera de unos 500 gauchos e indígenas según  Chumbita. Cuando Rosas llego al poder en  1829, Molina fue puesto a cargo de un regimiento de caballería, ascendido a mayor y más tarde a coronel. En diciembre de1830  estando  en Tandil  murió de manera repentina según  Chumbita.  

La prensa unitaria dijo que su muerte se debía a un lento envenenamiento por orden de Rosas, en una opinión poco creíble. Lo real es que fue un gaucho líder de grupos indígenas, integrado a la naciente nación argentina, defensor de la soberanía, del federalismo,  y que actuó al lado de importantes  figuras  como la de Rosas.

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