Publicidad
 

COLUMNA DE OPINIÓN

|
12/05/2024

Universidad y sectores populares. “Entre la esperanza de progreso y la exclusión”

Por Patricio Lobos*
Universidad y sectores populares. “Entre la esperanza de progreso y la exclusión”
Universidad y sectores populares. “Entre la esperanza de progreso y la exclusión”

La universidad sigue siendo una institución cargada de un ideario de ascenso social en Argentina. La masiva marcha del 23 de abril, fue un claro ejemplo de esto. Incluso, bajo un marco de crisis, los sectores populares sostienen la esperanza de acceder a los estudios superiores, donde la gratuidad y el ingreso irrestricto actúan como motivadores de progreso. Muchos trabajadores y trabajadoras desdoblan sus esfuerzos cada día con el sueño de que sus hija/os pueden “ir a la universidad”. Sin embargo, los datos estadísticos señalan que entre los sectores más bajos, el acceso y más aun la permanencia en la universidad, es una tarea casi imposible. 

Un estudio señala que uno de cada 10 jóvenes de los sectores populares más bajos, acceden a la universidad. Un porcentaje menor continúa su carrera y otro aun más ínfimo, concluye sus estudios.  Para estos sectores sociales, no alcanza con que la universidad esté a unos pasos o sea pública. La mayor oferta académica (nuevas universidades) y la gratuidad, son elementos necesarios, pero no suficientes para la inclusión universitaria de estos sectores, que incluso, según el mismo informe, tienen claras dificultades para concluir los estudios intermedios (secundarios). (Ver: https://www.infobae.com/educacion/2022/01/20/solo-1-de-cada-10-jovenes-de-los-sectores-mas-pobres-llega-a-la-universidad-en-la-argentina/ )

Y es que, no es lo mismo ser un trabajador/a, aunque sea informal, que un sujeto fuera de todo tipo de relación laboral. Para quienes habitan los barrios populares, los empleos suelen ser temporales, precarios, de baja remuneración, etc., y se combinan con ayudas alimentarias estatales. No tienen casa, no tienen luz, ni servicio de agua potable. Solo en las  últimas ocupaciones de tierras en Viedma (2019-2020), viven más de 500 personas en estas condiciones. Otro elemento que colabora con la exclusión es que la educación superior es un imaginario posible solo para las clases medias y altas. Las barreras no son solo sociales, económicas o geográficas, sino también simbólicas. 

Sin embargo, la idea de progreso y autonomía –presente en los sectores populares- motiva la búsqueda de alternativas para lograr una vida más digna. Incluso, cuando vemos la caída de sectores trabajadores formales al universo de la ciudad informal, persisten las búsquedas de inclusión educativa. El sostenimiento de la educación pública, abierta y gratuita se transforma en un reservorio que anida proyectos de vida apoyados en la superación. Así lo podemos observar en los siguientes relatos que pudimos recabar: 

“Tengo dos hijos. El más chico está estudiando Kinesiología y la universidad le va a quedar acá cerquita. El más grande ahora no está porque se fue con mi sobrina a trabajar a Tierra del Fuego” (Vecina del barrio “Costa Este”, Viedma, 2023). “Yo me tomo dos colectivos para ir a estudiar magisterio de primaria en Patagones. Tengo que ir a cursar todos los días” (Vecina del barrio “Nueva Vida”, Viedma, 2023). “Estoy estudiando música en la Escuela de Arte. De acá hasta allá tengo 1 hora y media de viaje. Tengo materias de mañana y tarde, a veces me quedo allá para no volver. ” (Vecina del barrio “Costa Este”, Viedma, 2023). “Tengo el turno de noche para ir estudiar magisterio. Voy en colectivo. Estoy de 6 y cuarto a 10 y media de la noche. El cole me trae hasta la estación de servicio y me vengo caminando hasta la toma” (Vecina del barrio Nueva Vida”,  2023). 

Como vemos en los relatos, que son recortes de realidades mucho más amplias, quienes estudian son en su mayoría mujeres jóvenes. Hijas de los ocupantes o madres jóvenes, que se las arreglan para estudiar, trabajar y cuidar a sus hijos. En muchos casos, también son quienes se dedican a las tareas comunitarias (merenderos, comedores, roperos, etc.), constituyendo una “tercera” o “cuarta” jornada laboral. Predomina además, la búsqueda de carreras superiores cortas (terciarios), que generen una salida laboral rápida. 
  
Otro universo de trabajadores y trabajadoras de las ocupaciones, por su mayor edad, no pueden proyectar completar sus estudios (primarios ni secundarios). Una vecina del barrio “2 de enero” (donde hay un “Bachillerato Popular”) nos dijo: “a mi ya se me pasó la hora. No tengo ganas ni tiempo de estudiar” (vecina barrio “2 de enero”, 2024). Otro vecino relató: “no puedo estudiar por mi trabajo. Voy y vengo y no puedo arrancar a estudiar” (vecino barrio “2 de enero”, 2024). Las jornadas laborales de muchos trabajadores y trabajadoras informales, hace que estudiar sea extremadamente difícil. Habría que pensar, que la fragmentación social llegó a la toma, ya que son visibles distintos proyectos singulares y colectivos habitando el espacio barrial. 

Por último, coincidimos con Javier Auyero y Sofia Servián cuando señalan: “a pesar de los embates sufridos por un sistema educativo público que durante varias décadas se destacó por su calidad en la región y de la fragmentada y caótica política habitacional, el valor de la educación como forma de procurar el progreso material y el derecho a la tierra y vivienda digna, como algo dado-por-descontado forman aun parte del repertorio simbólico -del sistema de creencias y disposiciones- entre los pobres urbanos” (2023, 85).

* Lic. en Ciencias Políticas egresado del CURZA (Centro Universitario Zona Atlántica-UNCO). 
[email protected]

 

¿Qué opinión tenés sobre esta nota?