Historias de la ciudad: se gana la vida haciendo malabares en cada luz roja
Coloquialmente, siempre se dice que se hacen malabares para poder llegar a fin de mes, cuando andamos cortos de plata. Lo de Manuel Núñez, de 18 años, son malabares en serio. El muchacho se para en cada semáforo para mostrar su arte, a cambio de unos pocos pesos.
En un buen día puede conseguir unos mil pesos, pero estando prácticamente todo el día. A veces saca $300 y le alcanza sólo para un almuerzo. El problema no es que no le den dinero, que siempre es a voluntad, sino que existen muchos malos tratos.
9 de cada 10 automovilistas andan con mal humor, pero algunos van más allá y le aceleran el auto antes de que la luz roja cambie a verde o le tocan bocina, como si tuvieran que hacer un viaje de tres horas para ir de una punta de Viedma a la otra.
Dialogamos con Manuel, quien con una amplia sonrisa, comentó: "Yo empecé a hacer malabares luego de venir de Bahía Blanca, donde tuve unos problemas familiares y acá conocí a chicos que hacían malabares y rapeaban, hace cuatro años".
En cuestión de segundos, en lo que dura el ordenador en rojo, hace trucos como backcross con pelotas o clavas (con los brazos por atrás de la espalda), contactos con el cuerpo, sincrónicos y también hace numerologías.
Sabe manejar antorchas con fuego y machetes, pero en la vía público es un peligro porque nadie respeta la senda peatonal y mucha gente cruza la calle al lado de los malabares.
Mal comportamiento ciudadano
En media hora de filmación en el semáforo se escucharon bocinazos de algunos apurados.
Explicó que ya es una cosa de todos los días. Incluso "una vez en la calle del Casino me atropelló una camioneta y tuve mucha suerte de zafar. Me arrastró hasta la esquina, me dejó tirado y cuando se me pasó la adrenalina me dolía la cadera y el brazo".
"A mí no me importa si me pagan o no, me gustaría que presten más atención porque yo me la paso entrenando todos los días para mostrarle algo nuevo a la gente y los quiero hacer reír", indicó.
Y llamó a la conciencia de quitarse prejuicios. "La gente nos ve como chorros, nos ve mal, hay mucha falta de respeto, sin saber nada" y completó: "Siempre se escucha que agarre la pala, pero yo siempre trato de ponerle la mejor onda". Para el chico, ponerse el traje de malabarista significa intentar cambiarle el rostro a los vecinos.
Además de malabarista, Manuel es jardinero, así que sabe de llenarse las uñas de tierra más que aquellos que lo insultan desde la comodidad de su auto.