Juicio en Viedma por abuso sexual: salió a la luz la pesadilla de la víctima de un violento padrastro
Esta mañana se desarrolló en Viedma la segunda audiencia en el juicio oral y público contra un sujeto, de nacionalidad boliviana, acusado de haber perpetrado un abuso sexual agravado por el vínculo, contra su hijastra.
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El hecho juzgado se suscitó el jueves 24 de octubre de 2024, en la chacra de la colonia agrícola del Valle Inferior donde vivía el núcleo familiar. El sujeto aprovechó que la mamá viajó a su provincia natal, en la región cuyana, y cometió cuatro abusos con acceso carnal.
Según los testimonios de profesionales que la escucharon, todo se desencadenó cuando la víctima se estaba mensajeando con un chico. El padrastro le quitó el celular, la llevó hasta la habitación donde le propinó cintazos, luego le dijo que se desvistiera y la violó.
Debido a protecciones de la Justicia, para no identificar a la víctima, los medios tienen prohibido revelar el nombre y la imagen del acusado.
La Fiscalía que lleva el caso está representada por Paula de Luque y Juan Pablo Peralta, José Álvarez Costa tiene la tutela de la Defensoría de Menores, la defensa particular la lleva a cabo el abogado César Murua y el tribunal de jueces se compone con Carlos Reussi, Ignacio Gandolfi y Marcelo Álvarez.
La intervención de la Senaf
El principal testimonio de hoy, y de cierre de la etapa probatoria, fue con la licenciada en Psicología Forense, Vanesa Huber, quien trabaja en el equipo técnico de fortalecimiento familiar de la Secretaría de Estado de Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf).
En este sentido, relató que acompañó a la víctima desde el 5 de noviembre de 2024, con la trabajadora social Patricia Contreras, como dupla técnica. En la primera intervención, se la acompañó al círculo médico forense para su primera declaración y luego se hizo un análisis de laboratorio en el hospital.
La forense relató al tribunal que se la vio muy afectada desde el punto de vista emocional, y llena de angustia, por lo que se propició un espacio terapéutico en San Javier, la salita más próxima a su domicilio. Además, la escuela mantuvo un sostén importante durante esta etapa, pero luego llegó el verano y el cese de clases.
La profesional Huber reveló que la víctima "tiene una personalidad retraída, hizo que llevara tiempo soltar sus emociones. Pero relató vivencias, temores y cómo esto repercutió en su vida social y con chicos de su edad".
La fiscal le preguntó ¿qué vivencias? y contestó: "Ella nos comentó que había empezado a conocer a un chico, con el que intercambiaba mensajes y el padre de sus hermanos tomó su celular, desencadenó actos de violencia y propinó el primer abuso con acceso carnal. Hubo abusos anteriores, con tocamientos desde los 10 años (es decir que se extendió durante siete años). Ella relató secuencialmente todo lo vivido, llevó tiempo para que pueda expresarse, como consecuencia de lo vivido".
Asimismo, comentó que "tenía temores por sus hermanos, evitaba que los hermanos quedaran al cuidado de su progenitor, por miedo a que sufran lo mismo que le pasó a ella".
La víctima siempre se mostraba resistente al contacto físico, incluso en los saludos. A partir de esta pesadilla, manifestó que no quería conocer a nadie. Y en más de una ocasión, demostró su miedo a la posibilidad de que el abusador quede libre y tenga que volver a verlo.
La actitud de la madre
La psicóloga Huber, en otro orden, acotó una cuestión que ayer no se había hablado: el comportamiento por parte de la madre. El defensor de Menores, Álvarez Costa le consultó sobre el grupo familiar y refirió que es de "poca apertura".
"Fuimos al domicilio en varias oportunidades y la progenitora nunca accedió a que entremos al domicilio, por lo que buscamos lugares alternativos. No teníamos lugar de privacidad", dijo.
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En igual órbita, recordó que el mayor de los hermanos (igualmente menor de edad), denunció maltratos por parte de su papá. De hecho, se lo notó más contento y más liberado en la escuela, desde que su papá está preso.
En cuanto a la actitud de la mamá, precisó que "tiene ambivalencia en relación al acompañamiento de su hija, no entendía la importancia de mantener los espacios psicológicos, por una cosa u otra faltaba a los encuentros".
Además, hubo intento de contactar a dos tías, que aparecen como figuras con significado para su vida, y una le advirtió a la adolescente que tenga cuidado con lo que iba a decir.
De todas maneras, la víctima habló con voluntad propia y "dijo una y otra vez que el abusador quede privado de su libertad, no quiere volver a cruzárselo y teme que les haga lo mismo a sus hermanos. Ella es retraída, pero fue contundente con su relato"
Huber narró que la chica "no es muy expresiva, es una adolescente triste, desafectivizada porque bloqueó sus emociones, con mucha angustia por haber tenido que guardar silencio por algo que la atormentaba, aunque tenía mucho miedo de que sus hermanos se queden sin su papá".
Parte de no contarlo, era por temor a la represalia que pudiera tener contra su mamá. Desde el punto de vista psicológico, se ubica en un lugar de adulta con sus hermanos y de cuidado de su mamá. "A veces, se privaba de ir a estudiar, siendo una chica muy inteligente, por temor a que su padrastro quede solo con sus hermanos. Su vida de adolescente quedó desdibujada", puntualizó.
El defensor particular, Murua, le preguntó respecto a ¿qué posición tuvo la madre? Y Huber detalló: "Era muy ambivalente, decía reconocer la gravedad de la situación, pero en entrevistas con profesionales dijo que 'ya lo había perdonado'. La señora no terminó de dimensionar la gravedad de los hechos, lo minimizaba".
"No sé si tiene que ver con la cultura", dijo la psicóloga y completó: "La víctima necesitaba mucha contención y la mamá le dijo 'Hay que mirar para adelante', sin mirar las consecuencias psicológicas".
Finalmente, reconoció que si el abusador volvía a la casa lo iba a recibir como ya dando vuelta la página.
Después de la etapa probatoria, se desarrollaron los alegatos de las partes y el tribunal resolverá la culpabilidad o no del acusado, con las pruebas sobre la mesa. La pena prevista para estos casos de abusos con acceso carnal, cometidos por quien velaba como cuidador, es de un estimado de ocho años de prisión efectiva.