La vuelta de merenderos y trueques, las dos caras más duras de la crisis
Por Fernando Manrique
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Niños pidiendo desesperadamente una taza de leche en los merenderos, jubilados en los trueques intercambiando sus sacos viejos para poder alimentarse, los saqueos y la violencia en las calles fueron postales del 2001 que parecerían lejanas y superadas.
Tristemente, la Argentina cada diez años vuelve en una especie de movimiento pendular que la somete a severas crisis.
Muchos economistas escriben en los periódicos de mayor circulación o aparecen en la pantalla chica hablando sobre números y distintas doctrinas de cómo surfear el caos, pero en el día a día en los barrios más postergados la necesidad es descarnada.
Viedma no es una isla y lo que sucede a nivel país impacta de lleno en la calidad de vida de nuestros vecinos que no están a más de un par de cuadras de donde vivimos.
La multiplicación de merenderos y de espacios para "truequear" son dos signos de la crudeza de la crisis actual que se hace sentir en nuestros niños, en nuestras mujeres, en nuestros ancianos, en nuestros vecinos que salen a hacer una changa pero no les alcanza el mango.
Los discursos de pobreza cero o de que la Argentina tiene menos pobreza que Alemania parecen perversos ante tantas desigualdades.
Mientras usted lee estas líneas una criatura se fue a dormir con la panza vacía. Esa realidad duele.
La esperanza se mantiene viva

Esperanza se llama uno de los catorce merenderos que existe en Viedma. Está ubicado entre las calles 104 y 109 del barrio Loteo Silva, un sector de la capital en donde si no hay esperanzas no hay nada.
Alejandra Mousa es una de las tres madres que se puso al hombro este espacio a puro corazón porque sabe lo que es pasar necesidades.
En diálogo con Noticias comentó: “Hay un abandono por parte del Estado, entonces las mamás nos autoconvocamos y emprendimos esto que lo hacemos solamente de corazón, no pertenecemos a ninguna institución gubernamental ni a ninguna agrupación política. Nosotros no tenemos un lugar físico, así que cortamos la calle y trabajamos ahí con los nenes. El año pasado estábamos los lunes, miércoles y viernes, pero este año lo hacemos solamente lunes y miércoles por la falta de insumos que es impresionante a comparación del año pasado”.
Confesó que hay veces que pensaron en cerrar por la carencia de alimentos para darles a las más de treinta criaturas, desde bebés hasta adolescentes, que asisten al merendero. Pero siempre intentan rebuscársela.
Expresó en ese sentido: “Cada vez son más los niños y se hace muy difícil. Vienen familias a pedir porque no tienen un kilo de harina, no tienen para cocinar aunque sea unas tortas fritas para su casa, no tienen un litro de leche. El año pasado repartíamos todos los fines de semana, todos los viernes los nenes se iban con una bolsita con lo que podíamos darle, pero este año no hemos podido repartir ni un solo litro de leche”.
A pesar del encarecimiento de la leche, la chocolatada, el azúcar, la harina, el té, todos bienes de primera necesidad, estas generosas mujeres inventan comidas para todos y hasta sacan plata de sus propios bolsillos para que cada nene tenga algo en su pancita.
Faltas más allá de la comida

Cuando un niño tiene hambre no se puede concentrar en estudiar, no puede dedicarse a jugar con los autitos o con las muñecas como debería pasar en cualquier infancia, e incluso hay casos donde los mismos pequeños piden por sus hermanitos.
Paola Sandoval, otra de las mamás involucradas en el merendero Esperanza, se preguntó: “¿Qué capacidad intelectual puede tener un niño que no consuma leche, que no consuma carne ni frutas? No solamente hay hambre, acá hay un abandono de todo tipo, acá no existe la política social”.
En ese mismo marco indicó: “Tener hambre perjudica un montón de cosas, tener la necesidad de alimentarse los anula en otras cosas. El chico tiene que estar pensando en ir a lugares para que les puedan dar de comer, ir y poner su carita para que le puedan dar algo para sus hermanos, es muy triste. Es demasiado triste porque ya no pasa solamente por una cuestión de que una mamá pide, son los mismos nenes los que están pensando qué llevarles a sus hermanitos que están en su casa, que no los pueden traer porque son pequeños, imagínense la densidad del tema”.
Hasta ellas mismas se sienten miserables al no poder darles un pedazo de pan a los nenes para que se lleven a sus hogares, pues al otro día no podrían hacer las meriendas. Parece que quienes no se sienten miserables son quienes están al poder.
Aun así destacó la enorme colaboración de muchas personas que se acercan desinteresadamente: “Ha habido un compromiso fundamental en determinadas personas de Viedma que han acompañado desde el día cero, desde cuando no nos conocía nadie, con sus aportes de harina, con sus aportes de queso, que no son todos los días, pero son una vez cada diez días o cada mes y es un aporte importante. Gracias a esos aportes los chicos pueden comer queso con dulce o les podemos dar una pizza”.
El retorno de trueques

El otro signo negativo de esta crisis es la vuelta de los trueques. Actualmente en Viedma se focalizan en los barrios Mi Bandera, Lavalle, Inalauquen y El Juncal mientras que existe otro mercado en Villa Lynch de Patagones.
En todos asisten cientos de personas por día y cada vez se suman más por las necesidades crecientes.
Guillermina Alvarado, coordinadora del trueque en el Mi Bandera detalló: “Hoy somos como 920 socios y cada vez son más. Cada semana se agregan diez o quince personas porque es tanta la necesidad de la gente que esto es como un recurso. La necesidad está avanzando y ahí vos ves a la gente carenciada que día a día se está incrementando, debido a que no hay trabajo o lo que ganan no les alcanza”.
Se pueden ver madres que llevan bandejas de tortas fritas para hacerse con un kilo de azúcar, un paquete de fideos, algunas verduras o un zapatito usado que pueda servirle a uno de sus hijos.
Los jubilados que no llegan a fin de mes también intercambian cosas que ya no les sirven por algún alimento.
Alvarado remarcó: “Si yo tengo que comprar un kilo de naranjas o de manzanas, y somos cuatro no me da el bolsillo para comprar. En cambio, si yo tengo un par de zapatillas que ya no uso en mi casa, lo llevo, se lo cambio a los verduleros y puedo llevar a mi casa lo que realmente necesito mientras que el verdulero se lleva el calzado que necesita”.
“En todos los lugares hoy por hoy hay trueques y la gente sigue pidiendo que se hagan en otros lados por las carencias que hay, entonces si desde allá arriba no se puede hacer nada hagámoslo nosotros los de acá abajo”, dijo.
Ayuda para combatir la inflación

En las grandes cadenas no se titubea a la hora de remarcar los precios, por lo que el trueque es una alternativa más que válida para enfrentar la suba de costos.
Claudia Carrillo, quien visita con frecuencia distintos trueques, señaló: “La gran parte de la gente que va tiene necesidades, es impresionante la gente que ingresa al trueque, ya sea por la verdura, por la ropa o alimentos”.
Prosiguió de la misma manera: “Una persona que tiene dos o tres criaturas, y los chicos en general cuando son chiquitos van cambiando de número en la ropa, está muy complicado comprar un par de zapatillas y las mamás de los trueques compran calzados usados o si hacen muchos créditos compran zapatillas nuevas. Uno compra lo que alcanza y para una persona que tiene criaturas, que tiene que comprar un guardapolvo, zapatillas o lo que sea, tal vez con las elaboraciones que hace con las tortas fritas y esas cosas pueden vestir a sus nenes”.
“El trueque es una gran ayuda para muchas mamás, si uno va al Mi Bandera uno ve realmente la necesidad de los niños, que tienen hambre. Estamos re mal, si existiera gente con más ganas de ayudar recorrería y vería las verdaderas necesidades que están pasando los cuatro boulevares”, recalcó.
No nos vamos a sumar a la famosa “campaña del miedo” de la elección pasada en la que se reavivaban viejos fantasmas y se auguraba el hundimiento total del país. No estamos nuevamente en el 2001. Pero con tantos indicadores nefastos estamos más cerca de ese año que de las épocas más prósperas del país.
La principal alarma es que nunca se termina de ver la luz, el camino, ese tan dichoso “segundo semestre”. Mientras tanto son cada vez más las familias por debajo de la línea de la pobreza, son cada vez más los niños con hambre, sigue creciendo el número de padres que no saben qué hacer para llevar un pedazo de pan a la mesa.