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24/09/2016

El gusto nos delata

El gusto nos delata
El gusto nos delata

Uno de los sociólogos más destacados del siglo que pasó escribió una de sus obras más sugestivas para la reflexión sobre algo tan cotidiano y aparentemente individual como el gusto, llamada "El sentido social del gusto". En ese libro el cientista social muestra cómo funciona el campo cultural y sus problemáticas. Estableciendo las relaciones de las obras de arte y el consumo, distribución, producción de ellas. En esta obra se concentran las herramientas y argumentos que uso durante toda su carrera.

 

Si bien se trata de una sociología de la cultura, sus problemas no son culturales sino que a través de ella explica las relaciones y el sistema de jerarquización que se genera alrededor de las diferencias sociales. O sea, a través del análisis de los gustos de los diferentes estratos sociales investiga las desigualdades sociales.


Pierre Bourdieu fue un sociólogo francés del siglo XX. Falleció en el año 2002. Estudio filosofía en Paris y luego se desarrolló como profesor en varias instituciones. Se destaca el período en Argelia donde comenzó sus investigaciones en el campo de la sociología. Fue profesor en la ÉcoleNormaleSuperieure entre 1964 y 1984. Director, desde 1981, de la L'ÉcolePratique de HautsÉtudes y profesor de Sociología en el College de France. Fue director de la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales. Obtuvo el nombramiento de Doctor Honoris Causa por las universidades Libre de Berlín (1989), Johann-Wolfgang-Goethe de Fráncfort (1996) y Atenas (1996). Bourdieu protagonizó diversas manifestaciones y argumentaciones contra el neoliberalismo, globalifóbicos, con activa participación en los foros mundiales, con los sindicatos, con las organizaciones de la sociedad civil. Hace no mucho, en una manifestación, un joven se presentó con una pancarta que decía "Bourdieu, tú nos haces falta".


Según Bourdieu, dentro de un espacio social, que grafica como circular, existen distintos tipos de campos que se caracterizan por tener en juego distintos tipos de capital (cultural, económico, políticos, entre otros) por el cual los sujetos creen que vale la pena jugar. Unos están más cerca del centro de mayor capital cultural legítimo y otros están en la periferia, más alejados y con un capital cultural legítimo mucho más escaso y no basta la gratuidad a ciertos lugares, como museos o bibliotecas que son ciertamente muy accesibles, porque no nos han dado la aptitud para poder elegir a uno de estos lugares y frente a una supuesta democratización de la cultura se esconde una sociedad inequitativa y desigual. Sostiene también este pensador que las personas de las clases medias intentan aparentar una relación natural con la cultura legítima, pero en realidad tienen un consumo cultural sustitutivo que lo sustenta la industria cultural.


El segundo texto del Sentido Social del Gusto, "Los museos y su público", es muy graficó en este sentido dado que Bourdieu revela mediante estudios detallados el acceso a los bienes culturales. Señala: "La estadística revela que el acceso a las obras culturales es el privilegio de la clase culta. Pero ese privilegio tiene todas las apariencias de la legitimidad, puesto que los únicos excluidos son los que se excluyen. Dado que nada es más accesible que un museo y que los obstáculos económicos apreciables en otros ámbitos son allí escasos, al parecer se justificaría invocar "la desigualdad natural de las necesidades culturales" y, además, agrega "se ve, por numerosos índices, que los individuos de las clases más desfavorecidas que se arriesgan a visitar los museos se sienten fuera de lugar".


Ello nos lleva a qué nos gusta, a qué no nos gusta, y cómo el gusto delata nuestro origen social. Ernesto Meccia y Graciela Pozzi, sociólogos argentinos, en su artículo "El gusto es un delator", señalan: "Para que existan los gustos, es necesario que haya bienes clasificados, de "buen" o"mal" gusto, "distinguidos" o "vulgares", clasificados al tiempo que clasificantes, jerarquizados al tiempo que jerarquizantes, así como personas que poseen principios de clasificación, gustos, que les permiten distinguir entre estos bienes aquellos que les convienen, aquellos que son "de su gusto". El caso de las clases medias es paradójico, hay conciencia de la posición alejada de la cultura legítima. "La buena voluntad cultural" de los integrantes de estos sectores se expresa a través del consumo cultural sustitutivo que pretende emular gustos de las elites culturales y alejarse de los gustos de las clases populares. Este lugar en el medio y la preocupación por el parecer más que por el ser, es denominado de una "conciencia cultural infeliz", el gusto legítimo no se cuestiona y se refuerza el funcionamiento de la lógica de dicho campo cultural y sus determinaciones e imposiciones.

 

El caso prototípico argentino, no hace muchos años, era comprar obras completas de ediciones de distribución por los puestos de diarios y revistas para colocarlos en nuestra biblioteca y nos genere el alivio, pero no placer lector, de tenerlo en nuestra casa como escenografía.


Volviendo a Bourdieu, sostiene que algo que parece tan individual como es el gusto, es en realidad subjetivo porque es una construcción internalizada de la exterioridad, o sea de lo social. Se trata del espacio en el que nosotros nos constituimos como personas, ya sea el lugar donde nacimos, donde nos criamos y/o a la escuela a la que fuimos. Esa subjetividad está construida a partir del espacio social que ocupamos y esa relación entre individuo y sociedad es indisoluble. En cambio, lo que sí se puede acortar o subvertir son las diferencias sociales en tanto jerarquización y es interesante que las pongamos bajo crítica porque logrando entenderlas vamos a tener mayores márgenes de libertad. La diferenciación se convierte en desigualdad cuando por sobre las diferencias las posiciones son organizadas jerárquicamente de manera tal que condiciona en forma duradera la vida de las personas porque implica una distribución desigual de las oportunidades y los beneficios. La diferencia no necesariamente produce desigualdad sino que es parte de nuestra construcción como individuo dentro de una sociedad y eso hace, precisamente, a la riqueza de nuestra sociedad. El problema es que a partir de esas diferencias se han construido desigualdades sociales, pues se jerarquizan consumos y costumbres culturales como legítimos o como no legítimos.


Si develamos y ponemos en cuestión el poder simbólico de consumos culturales distintivos y lo que llamamos violencia simbólica frente a las diferencias que jerarquizan, podemos ampliar los márgenes de libertad para decidir nuestros gustos y tener una relación con el deseo más genuina. Mientras más nos restringimos menos vamos a poder ampliar nuestra capacidad cultural sino también disfrutar. No desde la "estética de la pretensión" que sólo nos hace pretenciosos e infelices sino desde un espacio de libertad y de elección porque tenemos las posibilidades y nos permitimos elegir. Es importante para lograr la amplitud, no jerarquizar las diferencias y que las reglas del juego sobre lo legítimo se flexibilicen y se generenmayores opciones.


"Es el momento de releer a Bourdieu", dice Chirac, ex presidente francés, en la caricatura que grafica al presente artículo. Coincidimos. 

 

Jimena Pesquero Bordón, licenciada en Sociología, UBA.
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