REGATA DEL RÍO NEGRO
Oscar Sanguinetti, un camino que dejó huella para el canotaje de la región
Desde chico, Oscar Sanguinetti, se movía con naturalidad en un entorno conocido en una Viedma distinta actualidad. Ingresó al canotaje por amor a la camiseta y en un oficio de carpintero, creando sus propios botes, algo que con el correr de los años se ha ido modificando.
“Tenía que ir al colegio, después hacer los mandados, y ahí sí, me iba para el club” relata recordando su infancia ante NoticiasNet. “A los 17 años, fabriqué mi propia vela”, comentó, en un terreno baldío de lo que hoy es el centro de la ciudad, oficiando no solo de deportista, sino como carpintero y creador de nuevas herramientas para sostenerse en el agua: “cualquier palo que flotaba, lo hacíamos bote” destacó con una pícara mirada.
Oscar Sanguinetti, es recordado por ser uno de los tres amigos, junto a Alberto López Kruuse y Néstor Gómez, del Club Náutico La Ribera que tuvieron la osadía de desafiar al río Negro, recorriendo cada brazo, cada centímetro y dejando un legado histórico para la región, con la creación de la “regata más larga del mundo”, apodo que tuvo desde su creación, la regata del Río Negro.
“Los botes no nos salían nada” recuerda Oscar, sobre aquellas antiguas embarcaciones de madera, creadas con tanta dedicación. Explica como en un aserradero, ubicado en cercanías a lo que es hoy el Centro Municipal de Cultura, le donaban retazos de madera, la cual utilizaban para armar los botes, y que el reconocido carpintero, Antonio Pelle, quien fue tal vez, el más entendido en la materia, le prestaba las herramientas para que pasaran tiempo allí o en el club, en lugar de tener tiempo de ocio.
Un día, llegaron unos palistas del Club Apycar, de Roca y vieron esos kayaks de varillas y lona y tuvimos que hacerlos. Armábamos el armazón con las varillas del aserradero, le daban forma, y lo cubrían con una lona, que siempre las abuelas tenían en casa, recuerda con nostalgia y su mirada hacia arriba. Después los pintaban con esmalte, al principio era al aceite, y luego llegó el esmalte sintético.
También recuerda el viejo galpón de madera donde guardaban los botes, tras la actividad en el agua, donde el piso, que estaba levantado del suelo a un metro, tenia maderas separadas entre sí, para que desagote el agua al ponerlos “boca abajo”, y como, luego de pedidos a la Municipalidad, se les otorgara el terreno de lo que es hoy el Club Náutico La Ribera. “Al piso lo levantamos casi un metro, siguiendo la tendencia de crecida del río”, relata y comenta la curiosa oferta con la que juntaron el material: “pasábamos por las obras en construcción y pedíamos los escombros. A la gente que llevaba macadán la premiábamos. Cada determinada cantidad de viajes, le dábamos una cubierta” relató.
A sus 93 años, Oscar sigue recordando esos majestuosos años, donde seguramente no era consciente del legado deportivo que iba a dejar a la comunidad. Con ese grupo de amigos, junto a Alberto López Kruuse y Néstor Gómez tuvieron la idea de recorrer el río desde Neuquén hasta Viedma en una aventura inimaginable.
“Llevamos el bote y las palas y solamente una carpa de lona, que la usamos solo una vez, el resto de las noches dormíamos en la intemperie” destacó Sanguinetti. “No nos cruzábamos con personas, siempre a la orilla del río. Recuerdo Roca, Regina, Choele Choel, Conesa, donde está la Balsa de Guardia Mitre”, explica y agrega: “Galo Martínez avisaba por la radio que veníamos bajando y en algunos lugares, la gente de los campos se acercaba. En Guardia Mitre, un ‘gaucho’ nos trajo un cajón de frutas y verduras”. Y relató entre risas: “luego, por las noches se acercaban a compartir con nosotros, comer algo, pero se extendía mucho, y nosotros teníamos que volver a remar al otro día, muchas veces llegábamos desplomados de tanto esfuerzo”.
Aunque el paso del tiempo ha dejado su huella, Oscar recuerda aquella primera llegada a Viedma: “En el club nos esperaban con una cena, se hizo larga la espera porque llovía, pero ahí estaban para recibirnos”.
Hoy, Oscar sigue ligado directa e indirectamente a la vida del canotaje, siempre actualizado y rodeado de sus premios. Con la lectura como compañera de vida, habla como la arquitectura y el canotaje marcaron el destino de su vida y el de su familia, herencias que se trasladaron a sus hijos, incluso a sus nietos, con quienes también comparte su amor por el agua.