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Ceferino Namuncurá dejó su legado en Viedma
El 26 de agosto se conmemora el 138º aniversario del natalicio de Ceferino Namuncurá, una figura trascendental no solo para los fieles cristianos, sino también para la historia y el patrimonio cultural de la región. Su figura que se refleja en miles de devotos de todo el país, fue beatificado en su Chimpay natal en noviembre de 2007 estando en proceso su canonización.
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En Viedma, su legado se honra de diversas maneras. Una calle y un barrio llevan su nombre, perpetuando su memoria en el tejido urbano de la ciudad. Además, un modesto pero significativo monumento se erige en El Cóndor: un sendero elevado que conduce a una capilla situada junto a una enorme cruz y una figura del beato Ceferino, que desde lo alto, observa y protege a todos los habitantes del balneario.
Nacido en Chimpay en 1886, Ceferino era hijo del lonko mapuche Manuel Namuncurá, en un contexto marcado por la mal llamada "Conquista del Desierto". Durante esa época, su familia, como muchas otras, sufrió el despojo de sus tierras ancestrales y la migración forzada a tierras inhóspitas.
En 1897, Ceferino viajó a Buenos Aires con su padre, y gracias a la recomendación del entonces Ministro de Guerra y Marina, Luis María Campos, comenzó a trabajar como carpintero en el taller de la Armada en Tigre. Poco después, con la ayuda del ex presidente Luis Sáenz Peña, ingresó en el colegio salesiano Pío IX de la Obra de Don Bosco, donde, según la historía oficial, descubrió su vocación: quería ser sacerdote para llevar el mensaje del Evangelio a su pueblo. Este deseo lo llevaría más tarde a Viedma, donde su paso por la ciudad marcaría un capítulo importante en su corta vida.
Fue en 1903, cuando ya afectado por la tuberculosis, Ceferino llegó a la entonces capital del territorio Río Negro, trasladado por el vicario apostólico de la Patagonia, monseñor Juan Cagliero, con la esperanza de que los aires patagónicos mejoraran su salud.
En Viedma, Ceferino continuó su formación en el Colegio San Francisco de Sales, ubicado en la actual Manzana Histórica. Este colegio, hoy un lugar emblemático de la ciudad, conserva una placa que indica el aula en la que estudió Ceferino, un testimonio tangible de su presencia en nuestra comunidad.

Durante su estadía en Viedma, Ceferino ofició como sacristán en la Parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes, ubicada en el corazón de la ciudad. En este tiempo, también compartió lecho de enfermo con Artémides Zatti, otro joven salesiano que más tarde sería beatificado y canonizado.
A pesar de los esfuerzos por mejorar su salud, los salesianos decidieron trasladarlo a Europa con la esperanza de que pudiera recuperarse y continuar su camino hacia el sacerdocio.

El 19 de julio de 1904, Ceferino fue trasladado a Turín, Italia, acompañado por monseñor Cagliero. A su llegada, el 13 de agosto, se unió a las celebraciones del X Capítulo General Salesiano. Estudió en el colegio salesiano de "Villa Sora" en Frascati, Roma, donde el 27 de septiembre de 1904 tuvo la oportunidad de conocer al papa Pío X (luego San Pío X), a quien le obsequió un quillango mapuche tejido con lana de guanaco. El papa le retribuyó con el galardón de "Príncipe de la catequesis", y Ceferino, acompañado por Cagliero, pronunció un breve discurso en esta ocasión.
En marzo de 1905, Ceferino fue internado en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios en Roma, donde fue atendido por el Dr. José Lapponi, médico personal de los papas León XIII y Pío X. Su condición continuó deteriorándose, y el 11 de mayo de ese mismo año, Ceferino falleció acompañado por monseñor Cagliero.
En 2007, Ceferino fue beatificado por el Papa Benedicto XVI, convirtiéndose en el primer integrante de los pueblos originarios en recibir este reconocimiento por parte de la Iglesia Católica. Cada año, miles de personas peregrinan a su santuario en Chimpay para rendirle homenaje, testimonio de la profunda devoción y el respeto que su figura sigue generando.
La ciudad que lo acogió en su juventud -viviendo en la Manzana Histórica, sede de los salesianos-, en su lucha contra la enfermedad, y que guarda su memoria, conecta así con su figura, manteniendo su historia como parte del patrimonio humano de Viedma. .
Hay algunas leyendas de su paso por Viedma. Cuentan algunos que subía al campanario a tirar flechas. Además, a la intersección de Colón y Rivadavia, algunos lugareños le llaman la esquina de Ceferino y Gardel. Los identifican al primero por su tránsito en la ciudad, al segundo por funcionar allí el museo que lo inmortaliza.