PULSO ARTÍSTICO-HOY MARIANELA CACHO
De estrella infantil en Cuarteto Amanecer al "coaching" vocal
Desde niña, Marianela Cacho pudo liberar su vocación. Tiene escuela: su bisabuela Gregoria formó una orquesta de señoritas tocando la cítara en Arroyo Los Berros. Su abuelo materno y maestro fue Ovidio Devicenzi, el eterno pianista del Cuarteto Típico Amanecer que tenía esta ciudad. También mamó de su tía Liria Devicenzi, otra apasionada del piano que buscó formarse en viajes al exterior. Siguió la inclinación melódica de su padre, Miguel Ángel, pero de niña observó cómo se movía y cantaba Ernesto “Chueco” Guerrisi, el perpetuo vocalista del cuarteto viedmense.
Marianela es autodidacta en la enseñanza del canto. Sin embargo, forjó una sólida raíz cultural merced a que durante un tiempo estudió teatro en Bahía Blanca. Su abuelo era muy implacable en el piano. “Me exigía los tonos, tocaba notas bajas y fui elongando las cuerdas vocales, y mi tía Liria me daba más libertades en la enseñanza porque me hacía agradables y disfrutables las clases”, contó a NoticiasNet.
Algunos que peinan canas en esta ciudad, seguramente recordarán que Marianela subió a las tablas del Centro Cultural para cantar un tango con el cuarteto o bien en su momento palparon alguna presentación suya en el antiguo y desaparecido Televiedma Canal 2.
Con todo ese bagaje cultural, arrancó en la enseñanza del canto con Sergio Serra hace unos 10 años atrás. “Le estoy muy agradecida por el apoyo, confió en mí, y ahora doy clases individuales”, apuntó. Ni siquiera la pandemia del coronavirus la frenó. En ese momento puso pantallas en soportes para evitar el contacto y, de paso, brindar una alternativa de respiro al encierro de entonces.
Respecto de sus clases, explicó que “no todas son iguales, empezamos explorando el instrumento, entrenamiento de la voz y del aire, elongación de las cuerdas, pasajes de notas de un tono grave a agudo que permiten corregir posibles desprolijidades”.
Llegó a tener hasta 70 alumnos en un año. No recuerda cuántos pasaron por su estudio de la calle San Martín, al lado de la Legislatura provincial, y dónde muchos transeúntes se sorprenden por la música. En la actualidad está brindando sus clases a unos 13 niños.
Sigue de cerca a sus ex alumnos. “Me piden volver y eso te llena el alma porque te das cuenta que fue un logro”, observó con el correr el tiempo. Es que el canto también es diálogo, y en ese sentido admite que “a veces cuando existe un problema emocional, el fenómeno repercute en las cuerdas vocales, y eso (con los alumnos) lo hablamos mucho con lo cual se forma un vínculo de confianza, y para mi es una satisfacción”.