2022-12-25

A 141 AÑOS DEL ENCALLAMIENTO DEL CLIPPER DINAMARQUES EL CÓNDOR

Un naufragio que dio lugar al amor que vino del mar e hizo cobrar vida a un balneario

La historia oficial asegura que el balneario debe su nombre a un barco de origen dinamarqués que llevaba ese nombre y que naufragó en estas costas el 26 diciembre de 1881. Por entonces, los cipplers eran esos grandes veleros utilizados tanto para el transporte de mercancías como para el desplazamiento de inmigrantes, entre los años 1830 y 1860. Construidos sobre todo en Estados Unidos, eran concebidos como barcos rápidos en detrimento de su capacidad de carga.

Solían tener tres palos muy altos con velas cuadradas, muy afilados de esloras hasta 6 veces la manga, hasta 60 metros de eslora, una proa fina de muy lanzada, y comandados por capitanes obsesionados más por la velocidad que por la seguridad.

Sin embargo, El Cóndor sucumbió frente a la desembocadura del río Negro cuando chocó contra la restinga. Esa embarcación había partido de Europa y tenía por destino California con la intención de atravesar el estrecho de Magallanes transportando champán de Reims.

Ni bien sus ocupantes ganaron la costa fueron hospedados en la única estancia que había cerca del lugar y cuyos habitantes también eran daneses. Algo que llamó la atención de los náufragos era que estaba izada la bandera de su país, y provocó un gran estímulo luego de los momentos de zozobra que debieron atravesar.

Uno de los sobrevivientes en aquel naufragio era Peter Hansen Kruuse, quien con tan solo 19 años y luego de la tragedia, encontró aquí al amor de su vida, María Martensen. Era una de las hijas del capataz de la estancia cuyo caserío se ubica aún a unos pocos kilómetros de la zona de encallamiento.

Tuvieron 15 hijos, y desde ellos, varias generaciones que hoy, aún siguen rememorando y realzando la historia de amor que nació del dolor. En la actualidad, los herederos en Viedma de la unión entre Peter y María, son los López Kruuse. Esta familia guarda, como un tesoro, numerosos vestigios del naufragio, incluso botellas de champán.

Cada 26 de diciembre, la comunidad vive una jornada emotiva. Sus descendientes, acompañados de familiares que viven en otros puntos del país, suelen arrojar flores al mar en señal de agradecimiento de esta historia.

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