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PULSO ARTÍSTICO

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20/08/2026

Trayectoria y docencia: la vuelta de un reconocido violinista a Viedma

Se trata de Carmelo Cambareri quien repasa sus inicios con el violín a los 6 años, su carrera internacional y su presente al frente de proyectos de ensamble en Viedma.
“Me interesa que aprender música sea mucho más que aprender una técnica", afirmó el artista. Fotos Vanesa Schwemmler para NoticiasNet.
“Me interesa que aprender música sea mucho más que aprender una técnica", afirmó el artista. Fotos Vanesa Schwemmler para NoticiasNet.

Carmelo Cambareri, músico nacido y criado en la Comarca Viedma- Patagones, es un claro ejemplo sobre cómo la música puede ser una herencia que se vive, se siente y se transforma a lo largo de la vida. Proveniente de una familia musical, su padre bandoneonista, su madre y su hermana pianistas, inició su vínculo con los instrumentos desde los cuatro años, un camino que transitaría entre Viedma, Bahía Blanca, La Plata, Buenos Aires y hasta Bolivia y Perú.

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Al dialogar con Pulso Artístico para NoticiasNet, Cambareri destacó que su historia musical no se limita a un género o técnica específica. Su recorrido incluye la participación en prestigiosas orquestas como la Sinfónica de Bahía Blanca y la Sinfónica Nacional de La Paz, Bolivia, donde también tuvo oportunidad de enseñar y formar músicos.

En este marco, al ser consultado por cómo fueron tus inicios en la música, afirmó que “hablar de mis comienzos en la música es, en realidad, hablar de una herencia. Crecí en Viedma, en una familia donde la música no era algo extraordinario: era parte de la vida. Había canto, piano, bandoneón y reuniones en las que el arte simplemente sucedía. Mi padre fue bandoneonista y compositor, un artista muy querido y reconocido en la comarca. De él recibí, además del nombre, una manera de entrar en la música: vivirla antes de estudiarla”.

Según afirmó, “otra figura fundamental fue Juan Cambareri, primo hermano de mi padre, también nacido en Viedma y reconocido en su época como el “Mago del Bandoneón”. Cuando Juan regresaba a la ciudad, la casa se transformaba en un lugar de encuentro. Llegaban músicos, amigos y amantes del tango. Mi padre y Juan se encontraban con sus dos bandoneones y yo podía quedarme escuchando durante horas. Los recuerdo tocando tango, pero también Bach, intercambiando música e improvisando. Aquello era una celebración y, al mismo tiempo, una verdadera escuela. Muchas de aquellas reuniones terminaban en el Centro Municipal de Cultura, uno de los grandes lugares de encuentro artístico de aquella Viedma”.

En este marco, añadió que; “creo que allí aprendí algo que después se volvió esencial en mi vida, la música puede nacer con muy poco. Una nota, dos notas, cinco notas pueden ser suficientes para comenzar a crear con otra persona cuando existe escucha, entrega y deseo de compartir. Y en medio de ese universo apareció el violín”.

Al preguntarle cómo fue llegó a tocar el violín, el músico señaló que “lo escuché por primera vez en una grabación y todavía recuerdo la sensación: se me detuvo la respiración durante unos segundos. No sabía explicarlo. Solo recuerdo haber pensado: “esto quiero”. Comencé a acercarme al instrumento alrededor de los seis años”.

Sobre aquella época afirmó que “no era sencillo encontrar maestros de violín de manera permanente en la comarca. Mi formación tuvo mucho de autodidacta, una clase cuando aparecía la posibilidad y después semanas, a veces meses, de trabajo personal. También hubo momentos en que no era posible viajar regularmente. Mi padre volvió a ser fundamental: ensayaba con él en casa, participaba de los ensayos de sus formaciones y lo acompañaba en sus presentaciones. Aprendía haciendo música, escuchando música y compartiendo con músicos”.

Disciplina

En otro orden de cosas, al ser indagado sobre dónde desarrolló su actividad, si fue en Viedma y Patagones o en qué otros lugares, afirmó que “durante mi adolescencia viajaba a Bahía Blanca para escuchar conciertos y tomar clases. Más adelante continué mi formación en La Plata y Buenos Aires. Recibí disciplina, técnica y conocimiento, pero también descubrí que aprender no significa solamente acumular. Lo recibido necesita ser atravesado, experimentado y transformado para encontrar una voz propia. Compartí escenarios y procesos de aprendizaje con numerosos músicos y artistas de la comarca y fui transitando tango, folklore, música de cámara, música académica y rock. Cada experiencia ampliaba el horizonte”.

Durante aquellos años, comentó que “el camino se hizo más grande. Integré la Orquesta Sinfónica de Bahía Blanca entre 1985 y 1989 y, más tarde, la Orquesta Sinfónica Nacional de La Paz, en Bolivia. Allí también tuve experiencias de enseñanza y formación orquestal”.

Al regresar a la Argentina, “asumí, desde fines de 1992, la dirección de la Orquesta de Cámara de la Municipalidad de Neuquén, un proyecto que me permitió crecer como músico, docente, director y creador.  Y el viaje siguió. El teatro, la danza, las artes visuales, la experimentación y las músicas de tradición popular y ancestral comenzaron a formar parte de mi universo”.

En este orden, señaló que “compartí escenarios, procesos creativos y aprendizajes con numerosos artistas en cada lugar por donde fui pasando. Me dejé transformar por otras culturas y por otras maneras de entender la comunidad, lo ritual, lo ancestral y la relación con la vida”.

Según afirmó: “el viaje me llevó por la costa del Pacífico y la Amazonia, por montañas, valles y desiertos, por alturas donde el aire se vuelve escaso y por lugares donde la naturaleza parece hablar otro lenguaje. No viajaba solamente para conocer lugares; viajaba para dejarme transformar por ellos. De ese tránsito nacieron nuevas formas de crear”.

Experiencias

En este punto, aseguró que “Etnia fue una de esas experiencias: una creación colectiva donde confluyeron músicas de distintas culturas, improvisación, instrumentos diversos y una dimensión ritual y experimental. Aquello llevó al escenario una búsqueda que ya venía haciendo desde hacía tiempo”.

Asimismo, recordó que “en Perú se abrieron otras puertas. Junto a Mariana Tschudi participé en la creación de Urania, un viaje para sentir, obra interdisciplinaria concebida para el Festival Fusiones de Arte Contemporáneo del Teatro Británico de Miraflores, en Lima. Allí confluyeron teatro, actuación, acrobacia, música, composición, dirección y lenguaje audiovisual. También participé en Pacificum, el retorno al océano, película científico-documental en la que integré el equipo de sonido directo y formé parte del proceso de investigación, preparación, rodaje y construcción de la película. Recorrer territorios, conocer investigadores, comunidades y paisajes, y participar durante años de ese proceso fue para mí otra escuela de aprendizaje. Una vez más descubrí que, cuando las disciplinas se encuentran, aparecen posibilidades nuevas”.

Al ser consultado por su presente y lo que se viene para el futuro inmediato, afirmó que “hoy el viaje me encuentra nuevamente en Viedma, pero no regreso siendo quien alguna vez partió. Traigo conmigo otras músicas, otras preguntas, otros paisajes y otra manera de mirar. Trabajo como docente y tallerista de la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad, desarrollando Cuerdas en Ensamble con niños, jóvenes y adultos, y también doy clases de violín en la Escuela de la Orquesta del Bicentenario”.

En cuanto a los proyectos para el año próximo, expresó que “me interesa que aprender música sea mucho más que aprender una técnica. Me interesa aprender a escuchar, a jugar, a explorar, a compartir y a crear con otros. Quizás porque esa fue también mi primera experiencia con la música: descubrir que incluso con muy poco se puede construir algo cuando existe alguien dispuesto a escuchar y crear a nuestro lado”.

Después de tantos años, aseguró que “siento que mi relación con el tiempo cambió porque cambió la calidad de mi mirada. Puedo reconocer cuánto recibí, cuánto aprendí y cuánto me transformó cada encuentro. Cada maestro, cada viaje, cada disciplina, cada cultura y cada persona con la que compartí dejó algo en mí. Todo eso fue formando mi escuela de vida, principalmente en lo humano. Y todavía sigo aprendiendo. Quizás no se trate tanto de buscar como de estar disponible para encontrar. La vida me fue poniendo delante personas, lenguajes, conocimientos, herramientas y posibilidades. Yo fui caminando, recibiendo, atravesando algunas puertas y dejando otras para después. Cada encuentro me transformó y me fue acercando un poco más a mí mismo”.

Por otra parte, manifestó que “todavía hay puertas que no abrí. Y eso me entusiasma. El viaje continúa. Hoy siento que tengo la experiencia y el deseo de poner todo lo que soy y todo lo que aprendí a disposición de quien quiera recibirlo. Compartir, acompañar, enseñar, crear: no para cerrar el camino, sino para seguir caminándolo junto a otros”.

Para cerrar, señaló que “cada experiencia es una puerta que la vida abre delante de nosotros. Atravesarla, recibir lo que tiene para ofrecernos y transformarlo en algo que pueda volver al mundo. Quizás de eso se trate la gran obra de una vida, una obra que sentimos propia y que, en realidad, también vamos creando juntos”.

 

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