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AIRE PARA SENTIR

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29/05/2026

¿Cuánto nos cuesta lo que callamos? El peligro invisible de esquivar las charlas difíciles

La psicopedagoga y coach Mercedes Querejeta le puso nombre a eso que evitamos todos los días: las conversaciones incómodas.
El impacto de los silencios cotidianos, el mito de "tener razón" y por qué preparar el terreno es vital para salvar un vínculo. Fotos: NoticiasNet.
El impacto de los silencios cotidianos, el mito de "tener razón" y por qué preparar el terreno es vital para salvar un vínculo. Fotos: NoticiasNet.

A veces, el silencio parece la opción más segura. Decir "acá no pasa nada" o mirar para otro lado ante un roce cotidiano funciona como un analgésico inmediato, pero el costo a largo plazo es altísimo. Lo que no se dice no desaparece; se acumula en el cuerpo, en el aire y en la distancia que, casi sin darnos cuenta, empieza a separar los vínculos más significativos.

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En su columna "Aire para sentir" del programa "El Radar" de Radio Noticias (105.5 MHz), la psicopedagoga y coach ontológica Mercedes Querejeta invitó a desarmar este hábito tan humano como dañino: evadir las conversaciones incómodas.

Cuando elegimos callar en el trabajo, con la pareja, con un padre o con un hijo, solemos creer que estamos protegiendo la relación. Sin embargo, el efecto es exactamente el contrario. Las dinámicas se vuelven tensas, las suposiciones ocupan el lugar de las certezas y el vínculo empieza a deteriorarse desde adentro.

"Lo no dicho de alguna manera tiene una expresión diferente. El silencio es como que complica aún más la relación y empieza a doler", sostuvo.

Ese dolor no es solo metafórico. Cuando la boca se cierra a la fuerza, el malestar busca otra vía de escape. Las emociones reprimidas, la ansiedad por el conflicto evitado y el resentimiento acumulado terminan impactando en el bienestar físico: "Empieza a hablar también el cuerpo, a manifestarse", advierte la especialista.

Uno de los mayores autoboicots a la hora de encarar una charla difícil es la preparación para la batalla. Pensamos en qué nos van a contestar, en cómo defendernos y en los argumentos para ganar la discusión. Según Querejeta, el primer paso fundamental es tomar la decisión de hablar, pero cambiando radicalmente el objetivo del encuentro.

"Hay que prepararse. Entender que cuando yo tengo este tipo de conversaciones no se trata de tener razón, se trata de entendernos. No pensar en lo que me es beneficioso para mí, sino pensar en términos de 'nosotros'", señaló.

Para lograrlo, la experta sugiere derribar ciertos vicios de comunicación que cierran las puertas al diálogo antes de empezar:

Evitar los juicios: No se trata de apuntar con el dedo al otro por lo que hizo, sino de hablar en primera persona. "Yo voy a hablar de cómo yo me siento, pero no desde el enjuiciamiento y la valoración de la actitud del otro", explica.

Desterrar las suposiciones: Solemos dar por sentado lo que la pareja o un compañero piensa, tomándonos todo a pecho. Querejeta cita el célebre libro Los cuatro acuerdos de Don Miguel Ruiz para recordar la importancia de no tomarse nada personal y de ser claros: "Pedir lo que necesito, no dejarlo librado a la libre interpretación del otro".

La escucha verdadera: Una conversación honesta requiere bajarse del ring. "Importantísimo escuchar sin interrumpir y escuchar con una actitud de escucha verdadera, no estar pensando qué contestarle".

El tabú del "tenemos que hablar"

El lenguaje construye realidades y, a veces, la forma en que convocamos al otro activa todas sus alarmas. Entrar a una habitación y soltar un seco "tenemos que hablar" genera una tensión y una ansiedad automáticas que predisponen al contraataque o a la defensiva.

La clave está en meter al otro en la decisión y buscar un contexto adecuado. Los especialistas recomiendan elegir un lugar imparcial (como un café) que no pertenezca a ninguno de los dos, y hacerlo con tiempo, asumiendo que los conflictos complejos no se resuelven en quince minutos ni en un solo encuentro.

¿Y qué pasa si la otra persona no está lista o se niega a hablar? "Aceptarlo", estipula Mercedes. Hay que respetar los tiempos ajenos, pero sin perder de vista el valor del intento propio: "Da mucha paz tomar la iniciativa y poder conversar de que algo está pendiente, aunque no se resuelva. El empezar a hablarlo ya es totalmente liberador, independientemente del resultado para ambos".

Escuchá la columna completa:

Romper el piloto automático en casa

Las conversaciones difíciles no siempre son grandes secretos familiares o crisis profundas; muchas veces se esconden en la desconexión de la rutina. Querejeta advierte sobre la "automatización diaria" con los hijos, ese monólogo de tres preguntas al subir al auto o al llegar a casa: ¿Cómo te fue? Bien. ¿Tenés tarea? No. ¿Comiste? Sí.

Para salir de ese bucle, la propuesta es cambiar la estrategia de intervención y, fundamentalmente, habilitar la vulnerabilidad mutua: "Lo que parece a veces como una conversación unidireccional... le preguntás al pibe cómo le fue, pero capaz que vos no le estás contando nada de cómo fue tu día. A nosotros también nos pasan cosas que están buenas compartirlas".

El desafío, tanto en la mesa familiar como en cualquier espacio cotidiano, es vencer la inercia de la tecnología y el aislamiento. Al final del día, el coraje de habitar una conversación incómoda es el único camino real hacia una salud emocional más limpia y vínculos verdaderamente honestos. En palabras de la profesional: "Siempre expresar es mucho más beneficioso para nuestra salud que el silencio".

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