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05/07/2025

La Iglesia de la diócesis de Viedma y su servicio silencioso: menos curas, más comunidad

Esteban Laxague, obispo desde 2002, trazó un panorama actual sobre el rol de la Iglesia en la región. Con una estructura cada vez más sostenida por laicos, la comunidad eclesial se enfrenta al desafío de seguir llegando, incluso donde queda solo una familia.
Esteban Laxague, obispo de la diócesis de Viedma desde 2002.
Esteban Laxague, obispo de la diócesis de Viedma desde 2002.

“La provincia de Río Negro está dividida en tres diócesis. Una de ellas es Viedma, que además es la más antigua de la Patagonia, con 91 años”, contó Esteban Laxague, obispo desde 2002. Hoy, la región está organizada en ocho jurisdicciones eclesiásticas que abarcan toda la Patagonia: Río Gallegos, Comodoro, Rawson, Esquel, Neuquén, Alto Valle, Bariloche y Viedma.

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La que encabeza Laxague tiene un territorio es extenso, abarca desde Sierra Grande por la Ruta 3 hasta Río Colorado, y desde el mar hasta Nahuel Niyeu, por la Ruta 23 pero también es una de las menos pobladas. “Es probablemente la diócesis con menos gente. Pero aunque haya una sola familia, uno trata de llegar”, afirmó.

A esa geografía dispersa se suma la falta de sacerdotes. “Somos muy poquititos. De Río Negro solo hay dos curas: Oscar, en la parroquia Pío X, y Leandro Herrero en San Antonio Oeste”, explicó. El resto proviene de otras provincias o países: “De España, India, Paraná, Buenos Aires”, agregó.

También se sintió el retiro de las congregaciones religiosas. “El año pasado se fueron las Hijas de María Auxiliadora después de 140 años en la comunidad. No hay nuevas vocaciones”, lamentó. “El colegio sigue, pero sin las hermanitas”, informó.

Pese a todo, la Iglesia siguió haciendo presencia en el territorio. En los veranos, cuando los caminos lo permiten, grupos misioneros viajan a los parajes más aislados de la meseta de Somuncurá. Se quedan una semana o diez días, conviven con las familias, organizan actividades y celebran la fe. “Yo trato de pasar por todos los grupos y celebrar misa”, contó Laxague.

Durante el año, los curas recorren también los pueblos pequeños. “La mayoría de la gente es mayor. Los jóvenes se fueron por distintos motivos”, dijo. Pero el acompañamiento persiste.“El de Sierra Grande va a Cona Niyeu, Arroyo Ventana, Arroyo Los Berros. El de Valcheta pasa por Sierra Paileman, El Tembrao, Aguada Cecilio, Chipauquil, Nahuel Niyeu, Paja Alta”, enumeró.

En Viedma, la Iglesia mantiene espacios concretos para acompañar. “Hace poco celebramos los 10 años del jardín Nazaret en el barrio 30 de Marzo. Es el único centro educativo de la zona”, señaló. Allí asisten unos cien chicos desde los tres meses hasta los cuatro años.

Ese proyecto nació tras una tragedia. “Cuando comenzaba el loteo Silva, una casilla se incendió con dos niños adentro. Eso nos hizo pensar. Y así nació Nazaret. Cuando nació el barrio 30 de Marzo salimos al cruce con el maternal”, recordó.

Otra urgencia creciente es el consumo de drogas. En la parroquia Virgen Misionera comenzaron a gestarse los primeros espacios de los Hogares de Cristo, que luego continúan en San Javier, en la chacra de Creando Futuro. “El padre Luis, desde la Catedral, le pone mucha fuerza”, destacó el obispo.

También hay refugio para quienes llegan por motivos de salud o acompañamiento. “El hogar Génesis da lugar a los que vienen a atenderse y no tienen dónde quedarse. El hogar de tránsito de mujeres recibe a mamás o esposas que visitan a sus familiares en la cárcel”, dijo. Este último también alberga a pacientes con enfermedades crónicas que necesitan permanecer varios días en la ciudad.

Buena parte de estas obras están sostenidas por personas comunes. “Felizmente, muchas las llevan adelante laicos que entregan su tiempo, sus talentos, de forma gratuita”, remarcó. Y aun en pueblos sin presencia sacerdotal, la vida de fe se mantiene viva. “En Guardia Mitre, una señora da catequesis, una abuela organiza los bautismos y entre todos pintaron la capilla”, relató. “Es hermoso cuando alguien, convencido de su fe, ayuda a otro a conocerla”, expresó.

Aunque las vocaciones son escasas, Laxague conservó la esperanza. “Hoy tenemos un joven de San Antonio, de 19 o 20 años, en el seminario. También una carmelita que hizo sus votos perpetuos, viene de Jujuy. Ojalá surjan más vocaciones locales”, deseó.

El obispo no dudó cuando se le preguntó qué era lo que más lo conmovía. “Ver tanta gente que le pone el cuerpo todos los días. Que además de ocuparse de su propia familia —que no es poco— le pone el hombro a la comunidad”, afirmó.

También compartió lo que más le duele: “Ver tanta gente a la que se le cayó la esperanza. Gente vencida, que no espera nada del día. Cuando uno no tiene esperanza, la vida se hace muy dura”, dijo. Para él, “mucho de lo que sufrimos como sociedad —violencia, suicidios, adicciones, problemas de convivencia— tiene que ver con eso”, analizó.

Antes de terminar, recordó uno de los últimos mensajes del papa Francisco, recientemente fallecido. “Este año nos invitó a ser peregrinos de la esperanza. Si tenemos esperanza, vamos a ser sembradores. Que cada encuentro encienda esa llama. Siempre hay un motivo para volver a empezar”.

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