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28/06/2025

“Me dolió en el alma”: las sensaciones del hombre detrás del kiosco demolido en Viedma

Durante más de 30 años trabajó en la esquina de México y Colón del barrio 20 de Junio.
El kiosco del barrio 20 de Junio que fue demolido.
El kiosco del barrio 20 de Junio que fue demolido.

Durante décadas, fue parte del paisaje barrial y un punto de encuentro en la esquina de México y Colón. Allí funcionó el kiosco que Héctor Kedak atendió por más de 30 años. Hoy, con el lugar demolido, Héctor decide hablar y aclarar lo que él considera una injusticia: que se lo haya señalado como irregular y abandonado, cuando —dice— lo dejó en orden, con papeles en mano y una promesa incumplida.

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Quiero aclarar que leí en una publicación que decían que estaba en forma ilegal, sin planos y sin permiso. Tengo la documentación para aclarar que eso no es cierto: permiso municipal, planos, acto adjudicatario, hasta la libreta sanitaria. Estuve 30 años y me fui sin deber nada, ni rentas ni municipio”, aseguró.

Cuando entregué el kiosco me prometieron que en tres meses lo iban a licitar de vuelta. Lo demolieron. Ese kiosco lo hice yo de mi peculio, pedí un crédito en Casa Rionegrina y lo demolieron como si fuera una tapera”, continuó.

“Se quejan de que estuvo cuatro años abandonado y con gente mal habida, pero se acordaron a los cuatro años. Hubieran hecho algo a la semana que quedó desocupado. Hay muchas familias que están sin trabajo en el barrio y se lo podrían haber dado para que alguien lo explote comercialmente. También podrían haber armado una biblioteca o un espacio para los chicos del barrio”, siguió.

Luego, contó que la historia del kiosco se remonta a la decada de los 90 y explicó que “estaba adjudicado en el año 93 a un señor de apellido Baumgartner. Él por fuerza mayor se tuvo que trasladar y me lo dio a mí. Tengo la actuación notarial donde él me lo cede, solicito al municipio seguir con el kiosco y me lo autorizan. Después de unos años vence eso y me lo dan de nuevo. Después me fueron dando prórrogas todos los gobiernos hasta que me jubilé. Tengo toda la documentación para avalar lo que estoy diciendo”.

Cuando tuve la edad jubilatoria fui al municipio, les expliqué la situación y lo entregué en condiciones. Tengo el formulario de la entrega del inmueble, con la promesa de que en tres meses se iba a licitar de vuelta. En un momento pedí autorización para agrandarlo porque era muy chico, y eso fue autorizado por Catastro, con planos y todo, con gastos de mi peculio”, manifestó.

“El kiosco lo dejé porque me llegó la edad jubilatoria y porque la inseguridad estaba muy complicada. No porque me había cansado y me fui a vivir a El Cóndor. Yo no me cansé, ni estoy cansado. Sigo haciendo cosas”, resaltó.

 “Me costó asimilarlo”

“Que lo haya demolido es lo que más me duele. Me costó asimilarlo. Estuve más de 30 años allí. Yo no tenía un negocio en el centro. Yo tenía gente que se quedaba sin plata e iba al kiosco porque sabía que se podía llevar las cosas igual. Se quedaban sin cigarrillos y los llevaban igual”, contó.

Tenía una relación comercial y afectiva con la gente. Una vez que conocés el paño y sabés quién es uno y quién es otro, hasta con chicos que tenían problemas de conducta —o como le quieran decir— o problemas de adicciones... los entendí y los atendí como seres humanos. Para mí fue un dolor bastante grande. Todo tiene su ciclo y se termina, pero no fue fácil, porque me quedaron muchos afectos en el barrio”, detalló.

Si no se lo hubieran dado en concesión comercial, me hubiera gustado que no se demoliera y se usara para contención. Muchos se llenan la boca de que a los chicos hay que atenderlos, pero no se invierte un mango en eso. Se prefirió tener gente años usurpando adentro y no darle un destino mejor. Se podría haber hecho una biblioteca o un lugar de trabajo social. Demolerlo fue más fácil y sin mirar el sacrificio que costó construirlo”, señaló.

Por ultimo, dejó un mensaje para todo el barrio: “Le agradezco a la gente que me acompañó durante todos estos años... y se los extraña”.

La otra cara de la demolición: La historia de trabajo detrás del emblemático kiosco de México y Colón

Tras la intervención municipal por motivos de seguridad, el propio secretario Marco Magnanelli consideró fundamental aclarar la diferencia entre la necesaria demolición y la historia del emprendimiento que fue un punto de encuentro y sustento para una familia de Viedma.

La reciente demolición del ex escaparate situado en la esquina de México y Colón, una decisión ejecutada por el municipio para erradicar un foco de inseguridad, ha cerrado el capítulo de una situación de riesgo para la comunidad. Sin embargo, detrás de la estructura que se convirtió en "guarida del hampa", existe una historia de trabajo que merece ser rescatada.

La demolición se centró, con razón, en los riesgos que la construcción representaba para los vecinos y su situación constructiva. Para muchos viedmenses ese lugar fue durante mucho tiempo sinónimo de: el lugar siempre abierto, la parada obligada al salir del colegio y el fruto del trabajo de la persona que llevó adelante el emprendimiento.

En este punto, fue el propio secretario de Desarrollo Económico, Producción y Turismo, Marco Magnanelli, quien en una nueva comunicación con este medio puso en contexto la decisión.

"Nuestra obligación como municipio es indelegable y se centra en garantizar la seguridad de los vecinos en muchos aspectos de la vida en comunidad. La demolición fue la ejecución de una medida necesaria para resolver un problema real, muy grave que representaba un serio riesgo para las personas", comenzó explicando el funcionario, reafirmando la postura del gobierno.

Pero inmediatamente, agregó el matiz fundamental: “Dicho esto, quiero ser absolutamente claro: una cosa es un problema de seguridad y el vacío legal de un inmueble, y otra muy distinta es la historia de vida de la persona que trabajó allí. Durante mucho tiempo ese fue el sustento de una familia y un punto de servicio para el barrio. Sería muy injusto que la necesaria solución a un problema grave actual y que afectaba a toda una comunidad manche la trayectoria y el trabajo de quien llevó adelante ese emprendimiento por mucho tiempo”.

Con sus palabras, el secretario subraya que la persona que operaba el kiosco no era responsable de la irregularidad que impedía al municipio tomar posesión del espacio. El trabajo de este comerciante brindó un servicio a la comunidad hasta que, por motivos personales, decidió poner fin a esa etapa de su vida, surgiendo el problema con el posterior desuso de la estructura.

La decisión final de la demolición, por tanto, no fue un juicio sobre la actividad comercial que allí se desarrolló, sino una respuesta inevitable a dos factores insalvables: el serio riesgo para la seguridad pública que presentaba la construcción en desuso y la imposibilidad para sanear la situación y explotar legalmente ese espacio a través de un instrumento transparente, como una licitación pública.

Así, mientras los escombros marcan el fin de una estructura problemática, es la propia voz oficial la que se asegura de que no sepulten también la memoria de un emprendimiento que fue un negocio familiar, un punto de referencia y el sustento digno de un trabajador de Viedma.

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