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22/05/2025

Un violinista de Viedma tiene un instrumento de casi 300 años: “Fue un amor a primera vista”

Se trata de Carmelo Cambareri, quien tuvo residencia en Perú y en Bolivia, y volvió a esta ciudad para enseñar cómo hacer música con un violín.
Carmelo Cambareri, un maestro que no se despega de su violín. Fotos Vanesa Schwemmler.
Carmelo Cambareri, un maestro que no se despega de su violín. Fotos Vanesa Schwemmler.

Un violín de casi 300 años, una vida atravesada por la música y un aula en el CAMU de Viedma. Carmelo Cambareri enseña mucho más que notas: comparte historia, pasión y un legado musical único. ¿Qué lo trajo hasta acá y por qué su instrumento es parte de su alma?

Carmelo Cambareri: un alma hecha música

Carmelo Cambareri nació en Comodoro Rivadavia, pero sus raíces están en Viedma. Hijo de una familia musical —padre bandoneonista, madre y hermana pianistas—, su vínculo con los instrumentos comenzó casi al mismo tiempo que su infancia. “Me crié en un ambiente lleno de música. A los cuatro años ya estaba tocando algo. Mi padre, Carmelo Cambareri, era un bandoneonista muy reconocido, y su primo hermano Juan incluso llevó su escuela de bandoneón hasta Japón”, recordó.

Después de vivir en Buenos Aires, Bolivia, Perú y Neuquén, Carmelo regresó a Viedma, donde hoy enseña violín en el Centro de Atención Municipal (CAMU) del barrio Lavalle. Pero no es cualquier profesor ni cualquier violín el que lo acompaña.

Una conexión especial

“Este instrumento, lo conocí cuando tenía 11 años. Un violinista que se radicó un tiempo en Viedma me daba clases y usaba este violín. Un día se lo pedí prestado por una semana y cuando se lo devolví, le dije: ‘Ese violín va a ser mío’”, indicó a NoticiasNet en la Sala 28 del Centro Cultural, donde nos dimos cita.

Se trata de un violín fabricado en 1746, en la época de los célebres Stradivarius, por Paolo Antonio Testore, un alumno del taller de Cremona, Italia. Desde hace cuatro décadas, ese instrumento forma parte inseparable de su vida. “Un instrumento musical se transforma en parte de uno mismo. Mi violín es parte de mi alma, puedo expresar lo que me pasa por dentro, está internalizado conmigo”.

El paso del tiempo también exige cuidados. “He sido lo más cuidadoso que pude, pero necesitó algunas restauraciones complejas. La última la hizo Fernanda Tomi, una luthier de Cipolletti. Recuperó el sonido original en su totalidad. Y hace 30 años le había hecho otra. Hay que hacerle costuras y todo lo necesario para que suene con calidad”.

La primera nota, el flechazo

En su recorrido artístico, Carmelo integró orquestas como la Sinfónica de Bahía Blanca y la Sinfónica de La Paz, Bolivia. Pero su primer amor fue más íntimo. “Cuando escuché por primera vez el violín, me quedé sin aliento, dejé de respirar por unos instantes. Fue un amor a primera vista. Ese sonido llegó a mi corazón de inmediato”.

Y desde entonces, no lo soltó. Ha compartido escenario con figuras como Salvador Gallo, Rosalina Mallemaci, Pascual Luppia, Víctor Telechea y Marta Alonso. También incursionó en proyectos audiovisuales como Pacificum, un documental sobre el mar peruano, y Urania, una obra interdisciplinaria creada junto a Mariana Tschudi para el Festival Fusiones, en Perú.

“Había acrobacias, performances, música en vivo y grabada, 70 minutos de visuales sensoriales. Me encanta el arte integrado. ¿Si se podría hacer algo igual en Viedma? A mí me encanta el arte integrado, interdisciplinario, hemos obtenido buenos resultados y aquí necesitamos seguir investigando, ya que entiendo que es complejo interactuar con todas las disciplinas”, apuntó.

El violín como herramienta de transformación

En el CAMU, Carmelo comparte su experiencia con cerca de 20 alumnos de distintas edades. “Tengo pocos instrumentos para tantos alumnos, pero vamos rotando. Lo importante es que se conecten con el compromiso. Algunos ya se compraron su propio violín y avanzan rápido. Hay chicos con mucho talento. Hablé con sus padres: hay oído, hay condiciones. ¿Qué hacemos con eso? Hay que tomar conciencia de que esto puede ser una hermosa salida laboral para el futuro”.

Lejos de un enfoque elitista, su enseñanza se basa en la constancia y el amor por el instrumento. “El único secreto es ponerse a trabajar. No importa si es difícil o fácil, eso depende de cómo lo perciba cada uno. Pero si alguien decide tocar el violín, lo puede lograr. Es práctica y placer. Así sea una sola nota, ya es satisfactorio”.

Hoy, Carmelo proyecta quedarse en Viedma. “Estoy haciendo mi plan de vida acá y me gustaría armar un proyecto de tango. Vengo de muchas orquestas tangueras, de mi papá, mientras que en Neuquén estuvo con el Trío de Vanguardia, y en Bahía Blanca con Nora Roca. Hoy no hay ninguna en Viedma y me gustaría volver a formar una. Estoy consultando si hay bandoneonistas, músicos. Yo nací en una casa de tangueros, lo tengo incorporado”.

Carmelo Cambareri no solo enseña a tocar el violín. Comparte historia, pasión y la posibilidad de que, a través de la música, cada quien encuentre su propia voz.

Su violín de 1746 es más que un instrumento antiguo: es un puente entre siglos, un compañero del alma, y un faro para nuevas generaciones que hoy, desde el barrio Lavalle, descubren que la música también puede cambiar una vida.

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