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VIEDMA

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15/08/2024

Luis Tarruella, una historia de vida ligada siempre a la zapatería

"El taca, taca del taquito, en zapatería Luisito". Una fórmula publicitaria inventada por él, y que se mantiene con el tiempo.
Luis Tarruella, una historia de vida ligada siempre a la zapatería
Luis Tarruella, una historia de vida ligada siempre a la zapatería

Luis "Tigre" Tarruella es un honorable zapatero de esta ciudad. Desde sus años de adolescencia se dedicó fervorosamente al arte de la reparación de calzado, y su pasión por el oficio nunca decayó. Gracias a su ímpetu y dedicación, no s{olo sostuvo a su familia, sino que además, con mucho esfuerzo, logró adquirir su hogar. Sin embargo, su vida no ha estado exenta de obstáculos y tragedias.

El fallecimiento de uno de sus hijos lo sumió en una profunda depresión, pero fue en esos momentos de oscuridad cuando la música apareció como una salvación en su vida. No sólo logró levantarse, sino que además encontró una nueva pasión en el folclore, cosa que le deparó una segunda identidad: la del “Cantor Rionegrino”.

En su zapatería ubicada sobre la calle Guido, casi esquina Schieroni, Luis recibió a NoticiasNet y comentó que “el nombre de Zapatería Luisito (con el eslogan), 'El taca, taca del taquito', nació porque la gente pasaba por el local y me veía siempre trabajando, siempre taca, taca, con el martillo”.

Zapatero

La historia comienza cuando Luis tenía un empleo como ayudante de electricista de obras. Por entonces, un zapatero llamado Zalazar abrió un taller cerca de la Manzana Histórica. Atraído por este oficio, día tras día Luis se detenía a observar a Zalazar. Finalmente, el viejo zapatero se percató de la presencia del joven curioso y le ofreció la oportunidad de aprender el oficio a la mitad del salario que ganaba como electricista.

Luis contó a su madre sobre esta propuesta, pero ella se mostró reacia. Sin embargo, después de unas semanas, y con el acuerdo de su padre, la familia aceptó el nuevo empleo debido a las consideraciones sobre la salud de Luis. Dos años después, Luis era ya un hábil artesano del calzado, trabajando largas horas que le permitían igualar el ingreso que anteriormente percibía de la electricidad.

De así ser un aprendiz, pasó a tener su propio taller con la ayuda de un amigo llamado Ricardo “Titito” Lavallen. Superaron juntos muchos obstáculos, incluyendo la lucha inicial de atraer clientela. Sin embargo, su esfuerzo valió la pena y la zapatería prosperó al punto de permitirle adquirir una casa propia.

Recordando esos inicios, Luis comentó que “un día veo que a las 'chuequeadas' venía este hombre lo saluda. Agregó que  le digo vamos a mi casa mientras toma unos mates le arreglo los zapatos, en esa época vivíamos en calle Reconquista del barrio Zatti. Fue así que mi señora le cebaba mates y le arreglé los zapatos. No le cobré nada porque era amigo, cuando yo era pibe y lustraba zapatos siempre me dio una mano”. 

Al tiempo, comentó que “apareció Lavallen y me dice Luisito vengo con una propuesta, qué te parece si ponés una zapatería en el centro, vos te preocupas de trabajar, y yo compro la máquina e insumos'". Con esta palmada en el hombre apareció el local de Álvaro Barros al 600 donde trabaja en la actualidad su hermano Enzo. 

Recordó que  “pusimos la zapatería, pero la gente no entraba, iban 15 días y nada, muy pocos clientes. Al mes había arreglado 10 zapatos, entonces agarré y le dije a Don Lavallen esto no va a funcionar, pero que no se haga problema vuelvo a trabajar con Zalazar y le pago lo que invirtió. Don Lavallen no dijo nada, y se fue a (Televiedma) Canal 2. Se trajo al camarógrafo y me filmaron trabajando. A la noche llego a casa y estaba la propaganda en la televisión, y decía 'El taca, taca del taquito, en zapatería Luisito' porque la gente pasaba y yo estaba taca, taca. Y bueno, así empezó a entrar laburo, hacíamos hasta 20 pares por día, era una cosa de locos, me ayudaban mis hermanos, pero eran chicos”. 

Por aquellos primeros años, comentó que “empecé a trabajar y hacer plata, pero entraba a las 7 de la mañana y volvía a las 10 de la noche, estaba todo el día, pero cuando uno quiere progresar lo hace. Fueron pasando los años y cuando llegaba el momento de dividir las ganancias, Don Lavallen siempre me daba más para mí y poco era para él. Entonces me dijo, “lo único que te pido es que un poco de ese dinero lo pongamos en una cuenta de Banco”. Llegaba el fin de semana y decía “esto para los gastos, esto para la caja de ahorro”.

A los 10 años (1985) "Titito" volvió a tenderle una mano, tras lo cual arribó al actual local de calle Guido al 1.000.  Al respecto, recordó que "luego de ir a una inmobiliaria y hacer una recorrida por las posibles viviendas para comprar, miramos una que me gusto, que es donde estamos ahora, en esa época era la calle Lavalle (hoy Guido). Fuimos y entregué el terreno y casita que tenía, más una plata ahorrada, me quedaron 60 cuotas para pagar, así llegué a esta casa de calle Guido, pero seguía trabajando en Alvaro Barros”.

Fue así que, según recordó, "dejé el otro salón y eso me cambió la vida, allá laburaba mucho, acá trabajaba con gente de barrio, menos plata, gente vive de changas, se me complicó un poco la vida, me costó para hacer clientela, pero más allá de eso siempre pude seguir”, advirtió.

Actualmente, comentó que “hace 50 años que estoy en esta profesión, siempre ganándome la vida como zapatero, viviendo tiempos buenos y otros no tanto, pero siempre ganado el pan para la familia. Después de toda esa época, los años ´70 y ´80, vino una etapa de folclorista, tuve un problema muy grande, murió un hijo de 17 años de edad por problemas de corazón y la música me sacó de la depresión y comencé a vivir otra etapa de mi vida, siempre sin dejar la zapatería, que es lo que me da de comer”, concluyó.

Luis Tarruella, una historia de vida ligada siempre a la zapatería
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