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09/10/2022

Don Zatti presente a través de la memoria colectiva

Por Carlos Espinosa (*)
Don Zatti presente a través de la memoria colectiva
Don Zatti presente a través de la memoria colectiva

La primera vez que escuché hablar de Don Zatti fue en la Escuela Normal Mixta de Viedma, allá por el año 1967. Fue a través de la palabra amena del padre Miguel Ramírez Urtasun, profesor de música. Uno de nosotros, en el curso de cuarto año, le preguntó si lo había conocido, y el cura nos ofreció una rápida pero contundente reseña de la vida de aquel “pariente de todos los pobres”, como lo había bautizado su primer biógrafo, otro salesiano: Raúl Entraigas.

Al día siguiente, pasando por la esquina del hospital, reparé en el monumento que ya, por entonces, rendía homenaje a ese hombre bueno que está a un paso de su santificación. Me impresionó la expresión benéfica de su rostro, a través de la magnífica obra escultórica de gran Luis Perlotti; poco después, en la casa de una familia viedmense recibí el testimonio de gratitud de un hombre, ya cincuentón, que mostraba las cicatrices de pecho y contaba que siendo un niño se había quemado con pólvora, sufriendo profundas quemaduras. “Me daban por muerto y me curó Zatti, aplicándome vendas y emplastos, me hacía comer uvas para que el aceite me fortaleciera la piel, y me curaba con santa paciencia”, recordaba don Miguel.

Pasaron unos cuanto años. Me fui a Buenos Aires y cuando volví, hacia fines de los ’70, el hospital viedmense ya se llamaba Artémides Zatti. A principios de 1980, en la redacción del quincenario La Calle, el querido amigo y maestro Omar “Negro” Livigni comentó que empezaba el juicio de beatificación de Don Zatti, y anunció se que publicaría un suplemento especial para recordar su vida. Trabajamos en ese tema, y fui descubriendo aspectos nuevos para mí, sobre la obra de fe y caridad realizada por aquel hombre de bigote simpático y manos tan grandes como su corazón, montado siempre en su bicicleta recorriendo los barrios más pobres.

En abril del 2002, hace más de 20 años, se produjo el ansiado primer paso hacia la santificación de Artémides Zatti, cuando el papa Juan Pablo II lo declaró Beato. Para esa oportunidad, para dejar un material periodístico conmemorativo que persistiera como documento en el tiempo impulsé la publicación de un fascículo titulado “Don Zatti estuvo entre nosotros” con la colaboración de la Comisión de Amigos de Don Zatti.  Para redactar esa revista hice una serie de entrevistas a personas que trataron a Zatti, como Juan Carlos Tassara, los sacerdotes Angel Bortolozzo y Emilio Barasich (que fue testigo directo de la curación del seminarista Carlos Bossio, el primer milagro certificado por obra de Don Zatti), además del obispo Marcelo Melani y la hermana Rosita Otal, secretaria del Tribunal de Beatificación.

De aquellas charlas recuerdo siempre esta anécdota relatada por el querido Juan Carlos Tassaara: “una vez, entra al quirófano y deja la puerta mal cerrada, el médico (posiblemente el doctor Sussini) le grita: ¡Zatti, por Dios, la puerta!, él la cierra y vuelve sonriéndose. Entonces el médico le pregunta, enojado ¿y ahora de qué se ríe?, y Zatti le contesta: porque al dejar la puerta abierta logré que se acordara de Dios, doctor”.

Más acá en el tiempo, por el mes de agosto del año 2008 el artista plástico Víctor Hugo Davis (pintor, fileteador, porteño radicado en Viedma hace dos décadas) donó a la Parroquia de Don Bosco el maravilloso vitral que luce con belleza y luminosidad el rostro de Don Zatti, y puede apreciarse sobre el portal de ingreso al templo.  Contemplando esa obra, cuya imagen acompaña esta nota, recordé palabras del admirado padre Miguel Esteban Hesayne, obispo de Viedma, en oportunidad del inicio del Proceso de Beatificación de Zatti, cuando se publicó aquel suplemento especial de La Calle.

“En una ocasión –decía Hesayne- le pregunté a un pibe: ¿qué es un santo?, y mirando un vitral del templo en donde estábamos me dijo: es un hombre que deja pasar la luz. Dentro de lo ingenuo y lo infantil, qué exacto. Un santo es un hombre, varón o mujer, que deja traslucir la luz de Dios, el amor de Dios, la costumbre de Dios, eso es un santo”.

Así, desde hace más de cincuenta años, por distintas fuentes, todas de enorme importancia y fidelidad con los hechos, puedo comprobar la vigencia del amor hacia la figura de Don Zatti, expresado de diversas formas en la memoria colectiva de las poblaciones de Viedma y Carmen de Patagones. Y siento que el enfermero santo nos protege, a todos, sin discriminación, pero esencialmente a los más pobres.

(*) Periodista de la Comarca. 

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