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07/06/2021

Un dato curioso que invita a mirar hacia el cielo, al pie de la Catedral

Dos voluntarios fueron los protagonistas de la historieta unos 42 años atrás.
Un dato curioso que invita a mirar hacia el cielo, al pie de la Catedral
Un dato curioso que invita a mirar hacia el cielo, al pie de la Catedral

Se trata de uno de los símbolos inequívocos de la ciudad, de obligatoria visita.

Además, de ser una auténtica maravilla visual que abraza todos los sentidos, tanto por su historia y su importancia.

Esta edificación se inició sobre planos originales del Padre Juan Aceto, con la posterior intervención del Padre Vespignani, arquitecto experto en construcciones religiosas. Tuvo muchas demoras y modificaciones sobre la marcha de la obra, que finalmente se inauguró el 2 de julio de 1912.

Se convirtió en Catedral el día de la toma de posesión del primer obispo de Río Negro, el 18 de marzo de 1935.

Según las investigaciones del arquitecto Oscar Sanguinetti en el diseño original no figuraba el atrio, que fue agregado después sobresaliendo sobre la línea municipal, en respuesta al pedido de algunas señoras de la sociedad viedmense, quienes advirtieron que se mojarían con la lluvia o no tendrían como guarecerse de otras inclemencias al salir del templo mientras esperaban sus coches. 

Las columnas que sostienen la estructura integral son de mármol, macizas, y fueron traídas en barco desde Italia al puerto de Patagones. 

Con gran esfuerzo fue cruzarlas en lanchones y después transportarlas en carretones tirados por bueyes.

Además de este hecho histórico encierra otra pequeña anécdota:

Las torres, con ese curioso remate que asemeja a un capuchón, se agregaron mucho después. Fue  en  1979, en el marco de los festejos del Bicentenario de Viedma.

Y en las torres está la anécdota. Eran tiempos duros, y la idea es que la obra se complete con las campanas al viento.

El padre Julio Giménez era el párroco, y en comunión con dos miembros de la comunidad eclesiástica emprendieron manos a la obra de colocarlas en la cúspide.

“Nosotros queríamos que sonara, pero una de ellas pesaba 200 kilogramos y la otra 80. Eran de puro bronce”, recuerda Leonardo Falce, quien hizo ese trabajo junto con Luis Torcoletti.

Emplearon una polea básica para que lleguen al campanario. “Fue producto de la juventud, sentido común, y ayuda de todos los Santos para subirla”, rememora.

El motivo por el cual, hoy no funcionan, es harina de otro costal.