Encuentran vida en un lago inexplorado de la Antártida
El Lago Mercer suele experimentar temperaturas que bajan más allá de los 0°, pero no se congela. Es que esta gran extensión de agua subglacial -igual a tres veces la superficie de Jujuy- recibe una intensa presión de la capa de hielo que la recubre y la mantiene aislada del resto del mundo hace más de 100.000 años.
En ese lugar, un equipo de expertos acaba de hallar diferentes formas de vida. Es un hecho científico que prácticamente no registra antecedentes.
El descenso a las profundidades de este lago fue planeado durante años. La operación costo 5,2 millones de dólares y fue realizada por la organización norteamericana SALSA (en castellano, Acceso Científico a los Lagos Subglaciales de la Antártida) con el respaldo de la Fundación Nacional de Ciencia de los Estados Unidos.
El 26 de diciembre pasado, la exploración partió finalmente de la base norteamericana McCurdo. Una caravana de excavadoras, tractores y contenedores instalados sobre trineos recorrió los 1.046 km, hasta ubicarse en un campamento a 600 km del Polo Sur.
Cincuenta personas -entre las que había científicos, montañeros, militares y perforadores- formaron parte de este viaje único. Parte de tripulación viajó por aire y aterrizó en pistas construidas por excavadoras. La travesía duró semanas, por lo que fue necesario un sistema de calefacción, baños y cocina, donde se podía, incluso, cocinar pan.
“Es el sueño de un científico, cada día es una fiesta y cada comida un banquete”, asegura un microbiólogo de la Universidad de Montana, que estuvo allí.
Un vehículo con radar -para evitar grietas- guió la comitiva. El 27 de diciembre, los expedicionarios alcanzaron la superficie del lago. Debieron tomar muchas precauciones para no contaminar el ambiente y se valieron de un robot capaz de tomar imágenes y extraer muestras. En total, se utilizaron 500 toneladas de equipamiento para perforar los 1.068 metros y 28 mil kilogramos de hielo que protegen al Mercer.
Según los estudiosos, los organismos recolectados habrían habitado lagos y riachuelos en las montañas de la Antártida durante períodos cálidos en que los glaciares retrocedieron, seguramente durante los últimos 10.000 o 120.000 años. Cuando el clima se enfrió de nuevo, más tarde, el hielo seguramente engulló de nuevo ese oasis de vida.
Fuente: Clarín