2026-11-06

Rubén Obregón: "Aprendí a tocar improvisando una batería con latas en el patio de mi casa"

Entre melodías y metales moldeados: el viaje del músico viedmense que transformó un impulso de la infancia en dos pasiones inseparables.

Rubén Obregón, llegó a vivir a Viedma cuando era un adolescente, con el tiempo comenzó a hacer música sin imaginar que se convertiría en una parte fundamental de su vida. En el patio de su casa con algunas latas de distintos tamaños había inventado su propia batería.

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Esa curiosidad llegó en parte por su familia que siempre estuvo fuertemente vinculada al folklore. En ese contexto, Obregón descubrió que su interés estaba en la percusión, eso que había empezado como un juego infantil fue convirtiéndose en una inquietud que lo acompañaría durante décadas y que le permitiría construir un recorrido musical por diferentes escenarios y estilos.

En diálogo con Pulso Artístico, de NoticiasNet, un espacio dedicado a conocer las historias y los procesos creativos de los artistas de la Comarca, repasó sus primeros pasos, las experiencias que marcaron su formación y la manera en que fue incorporando otros oficios a su vida.

El patio casa, su primer laboratorio de percusión

“De chiquito nomás empecé ya en el patio”, recordó sobre aquellos primeros acercamientos a la música. Durante su infancia, la familia vivió en zonas rurales, lejos de las grandes ciudades, allí, mientras sus padres enseñaban folklore y sus hermanos aprendían las danzas, él buscaba la manera de reproducir los sonidos que le llamaban la atención.

“En el patio de la casa armábamos un tablado y yo era el que juntaba varias latas de diferente tamaño y ahí pegaba”, contó.

Su padre reconoció rápidamente esa inclinación y comenzó a darle un lugar dentro de las presentaciones familiares, especialmente en los momentos de malambo donde se requería un percusionista. Así fue desarrollando el oído, aprendiendo a reconocer ritmos y descubriendo que tenía facilidad para imaginar arreglos musicales.

Cuando la familia se radicó en Viedma, cerca de la adolescencia, apareció una oportunidad de ingresar a la Banda de Música de la Policía de Río Negro. Con tan solo 14 años comenzó como cadete, hacia fines de 1978.

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Allí el primer instrumento que le entregaron fue una corneta, pero no tardó en quedar claro que su lugar estaba en otro lado. “Yo soplaba y me mareaba porque no era lo mío y aparte de eso, me mareaba, me dolían los oídos. Y bueno, cada vez que podía la dejaba por ahí y agarraba el tambor” mencionó.

Finalmente, le cambiaron la corneta por un redoblante. En ese ámbito conoció a Osvaldo, reconocido baterista de la zona, quien tuvo un papel importante en sus comienzos, ya que él fue el primero que lo impulsó. “Él tenía su batería y me decía: ¿querés sentarte y querés tocar esto así y así? Y así fue como arranqué como baterista”, relató.

A partir de entonces repartía la práctica con el aprendizaje autodidacta, el estudio y la escucha de músicos nacionales e internacionales. La Banda de la Policía fue una parte importante de su formación, ya permaneció allí hasta 1991, luego volvió a incorporarse entre 2004 y 2005 y continuó hasta solicitar su retiro en 2017.

Malvinas, una experiencia que también forma parte de su historia

En 1982, mientras cumplía con el servicio militar obligatorio, Obregón y otro integrante de la Banda de la Policía fueron convocados para integrar la Banda del Ejército en Esquel. Ambos contaban con una carta de recomendación del director y pudieron continuar allí su actividad musical durante los 14 meses que duró su servicio.

Sin embargo, aquella etapa quedó atravesada por la Guerra de Malvinas. Aunque no participaron como combatientes en las islas, estuvieron en situación de guerra y debieron cumplir tareas de seguridad dentro del cuartel.

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Las jornadas comenzaban con el toque de diana, el izamiento del pabellón y las actividades habituales de la banda. Pero durante el conflicto, después de cumplir con esas tareas, dejaban sus instrumentos y recibían armamento para desempeñar funciones de vigilancia.

“Íbamos con 100 tiros en la cintura, el fusil en la espalda y con las órdenes que se dan en situación de guerra”, relató sobre aquellos días.

Obregón remarcó que, aunque eran jóvenes, tenían responsabilidades y debían responder a órdenes concretas en un contexto de extrema tensión. Una experiencia que forma parte de su historia personal y que recuerda desde su propia vivencia, más allá de la actividad musical que continuó desarrollando durante esos meses.

El hacer con y para la música

Con el paso de los años, Obregón fue encontrando en la batería un espacio propio. Sin embargo, su reconocimiento como músico no llegó por dedicarse exclusivamente a un género, sino justamente por su capacidad para adaptarse a diferentes propuestas.

“Me reconozco a mí mismo como baterista al ver mis progresos frente al abanico de posibilidades que se me presentaban”, explicó. En la Comarca participó de distintos proyectos y compartió escenarios con músicos de diferentes trayectorias. Integró la Patagonia Jazz Band, que posteriormente se convirtió en Black River Jazz Band, y también se vinculó con agrupaciones de rock, folklore, tango y música bailable.

Entre esas experiencias recordó especialmente sus presentaciones junto al bandoneonista Roberto conocido popularmente como “Pichuquito”, y las oportunidades de acompañar a sopranos en interpretaciones de zarzuela y música española.

Esa versatilidad también le permitió encontrar en la música una fuente de ingresos durante buena parte de su vida.: “Me tocó hacer la etapa laboral con cumbia, con gente que tocaba tango”.

Lejos de considerar que algunos géneros tienen menos valor que otros, defendió la complejidad que existe detrás de cada estilo. En particular, destacó las dificultades técnicas de la cumbia tradicional y del folklore, con sus síncopas, acentuaciones y compases irregulares.

“Yo no tenía problema en tocar ningún tipo de estilo”, aseguró. En ese recorrido, el folklore y el jazz tradicional quedaron entre sus preferencias personales. De hecho, reconoció que le gustaría volver a profundizar en el primero desde la batería y la percusión, una asignatura que considera pendiente.

Su última experiencia artística de ese tipo fue junto a Samponia Martínez, con quien compartió una etapa de folklore andino tocando tanto la batería como el bajo. Allí también conoció a Cristian Caballero, creador del Drumfest, quien recientemente le otorgó un reconocimiento como baterista local durante la última edición del encuentro.

La joyería artesanal: otro lenguaje para crear

La música no fue el único camino que despertó su curiosidad. Desde chico, Obregón incorporó una enseñanza de su padre que todavía conserva como una forma de entender la vida: “Aprendé todas las cosas que puedas, y que te gusten, porque eso no ocupa lugar y te va a servir”.

Esa idea lo llevó a desarrollar habilidades manuales y a interesarse por diferentes oficios. En su familia, las actividades vinculadas al campo y la apicultura estuvieron siempre presentes. Aunque es alérgico a las abejas, aprendió la parte técnica y actualmente participa de un proyecto familiar, principalmente desde el apoyo logístico.

Su interés nació de la curiosidad por las vestimentas criollas, los materiales y los elementos de platería que acompañaban las tradiciones folklóricas. Quería saber cómo se fabricaban los adornos, las terminaciones de los cuchillos, las piezas de alpaca y los mates. “En una época en la que no existían las facilidades actuales para acceder a información” por lo que comenzó a investigar a través de libros, consultas y encuentros con otros artesanos.

Primero llegaron las herramientas sencillas y las primeras pruebas con alambres y pinzas. Después, un joyero de la zona que estaba por dejar la actividad le ofreció sus herramientas. Aunque en ese momento no podía comprarlas, recibió algunas indicaciones básicas sobre el trabajo con plata y la soldadura.

A partir de esa explicación comenzó a experimentar por su cuenta, hasta encontrarle la vuelta a las temperaturas, las soldaduras, los ácidos y las herramientas necesarias para trabajar los metales.

“Llega un momento que estás trabajando y vos te das cuenta que no estás ahí, estás en otro lado, no sabés dónde, pero no estás ahí”, describió sobre ese estado de concentración en el que las ideas comienzan a tomar forma.

En ese proceso, explicó, cada pieza representa una búsqueda personal. No se trata solamente de reproducir un modelo, sino de imaginar variantes, modificar diseños, pensar cómo incorporar una piedra o cambiar una terminación. Actualmente, buena parte de su producción se canaliza a través del Mercado Artesanal de Río Negro, con piezas que incluso llegan a compradores del exterior.

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