Mes Amarillo: la prevención del suicidio como responsabilidad de toda la comunidad
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Prevención del Suicidio, una fecha destinada a generar conciencia sobre una problemática compleja que atraviesa a personas, familias, instituciones y comunidades.
En el marco del Mes Amarillo, el llamado es a hablar responsablemente sobre el suicidio, promover la escucha y fortalecer las redes de acompañamiento. En Argentina, el color naranja y el lazo naranja son utilizados como símbolos de prevención, asociados a la esperanza, la vida y el compromiso colectivo.
A nivel internacional, también se reconoce el color amarillo, cuyo origen se vincula con la historia de Mike Emme, un joven estadounidense de 17 años que murió por suicidio en 1994. Mike había restaurado un Mustang 1968 de color amarillo, muy querido por él. Luego de su muerte, familiares y amigos comenzaron a utilizar tarjetas con cintas amarillas y mensajes que alentaban a pedir ayuda.
Con el tiempo, estos símbolos adquirieron una dimensión colectiva. Pero, más allá del color, el mensaje central es claro: la prevención del suicidio es una responsabilidad compartida.
Un fenómeno complejo y multicausal
El suicidio no puede explicarse a partir de una única causa. Desde una perspectiva científica, se trata de un fenómeno complejo y multicausal en el que pueden interactuar factores psicológicos, de salud mental, familiares, sociales, económicos y culturales, además de diferentes acontecimientos vitales que una persona puede experimentar como difíciles o imposibles de afrontar.
Entre los factores que pueden aumentar la vulnerabilidad se encuentran los antecedentes de intentos de suicidio, algunos problemas de salud mental, el consumo problemático de sustancias, enfermedades crónicas o dolorosas, pérdidas significativas, violencia, conflictos familiares, aislamiento social, dificultades económicas o laborales, discriminación y bullying.
Sin embargo, atravesar alguno de estos factores no significa que una persona necesariamente vaya a intentar suicidarse. Los factores de riesgo no permiten predecir individualmente una conducta suicida. Su importancia radica en que, combinados con otras circunstancias, pueden aumentar la vulnerabilidad.
También existen factores protectores que pueden ayudar a amortiguar situaciones de sufrimiento: contar con vínculos significativos, sentirse parte de una comunidad, poder hablar de lo que ocurre, recibir acompañamiento y acceder oportunamente a servicios de salud.
Por eso, el entorno familiar y social puede desempeñar un papel importante tanto en la prevención como en la detección temprana.
Escuchar puede ser el primer paso
Durante una crisis, una persona puede atravesar un sufrimiento intenso y sentir que no encuentra alternativas para afrontarlo. En esas circunstancias, acercarse sin juzgar y habilitar un espacio de escucha puede resultar fundamental.
Uno de los principales mitos alrededor del suicidio sostiene que preguntar directamente sobre pensamientos suicidas puede provocar o "incitar" el suicidio. Esto es incorrecto. Una conversación responsable puede permitir que la persona exprese aquello que está atravesando, reducir el aislamiento y favorecer la búsqueda de ayuda.
La escucha adquiere especial importancia entre adolescentes y jóvenes. Muchas veces, los propios pares son quienes primero perciben que algo está ocurriendo. Por eso, en escuelas y otros espacios juveniles resulta necesario trabajar sobre los mitos, enseñar a reconocer señales de alerta y transmitir una premisa fundamental: si un amigo manifiesta que no quiere vivir, no es prudente guardar el secreto.
Comunicar la situación a un adulto responsable o buscar ayuda profesional no significa traicionar a ese amigo. Significa tomar en serio su sufrimiento y ayudarlo a conectarse con quienes pueden intervenir.
Señales de alerta: prestar atención a los cambios
No existe una señal única que permita determinar que una persona está necesariamente en riesgo. Sin embargo, determinados cambios sostenidos pueden indicar que alguien necesita ser escuchado y acompañado.
En adolescentes y jóvenes pueden llamar la atención el aislamiento o retraimiento, cambios importantes y persistentes en la conducta, un descenso significativo del rendimiento académico, dificultades reiteradas para asistir a la escuela, angustia, llanto frecuente o irritabilidad.
También pueden observarse dificultades para dormir, alimentarse o concentrarse; pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba; cambios marcados en su aspecto o comportamiento; conflictos reiterados con sus pares, así como expresiones relacionadas con no querer vivir, sentirse una carga o no encontrar una salida.
Los mensajes, escritos o comentarios que hagan referencia a la muerte o a la desesperanza también deben ser tomados en serio.
Estas conductas no constituyen por sí mismas un diagnóstico y no deben interpretarse de manera aislada. Lo importante es prestar atención a cambios significativos y persistentes acompañados de sufrimiento, sin minimizar aquello que genera preocupación.
Ante una manifestación de pensamientos suicidas por parte de un adolescente, compañero, estudiante o familiar, la situación debe ser comunicada a un adulto responsable y/o a los dispositivos profesionales correspondientes.
Derribar mitos también es prevenir
Los prejuicios y las ideas equivocadas pueden convertirse en obstáculos para la prevención. Es falso que "quien quiere suicidarse no lo dice". Algunas personas pueden comunicar de manera directa o indirecta su sufrimiento o sus pensamientos. Por eso, estas manifestaciones deben ser tomadas con seriedad.
Tampoco es correcto afirmar que toda persona que piensa en suicidarse tiene necesariamente una enfermedad mental. Algunos problemas de salud mental pueden constituir factores de riesgo, pero el suicidio es un fenómeno multicausal en el que también pueden intervenir circunstancias familiares, sociales, económicas y vitales.
Otro mito sostiene que hablar sobre suicidio provoca que alguien lo haga. El silencio no es una estrategia de prevención. Una conversación cuidadosa puede ayudar a identificar el sufrimiento y facilitar el acceso a la asistencia adecuada.
También resulta simplificador afirmar que quien intenta suicidarse simplemente "quiere morir". Las experiencias de una persona en crisis son complejas y pueden estar atravesadas por un sufrimiento que percibe como insoportable y por la sensación de no encontrar alternativas.
Por eso, ante una situación de este tipo, es fundamental no juzgar, no minimizar y facilitar el acceso a ayuda.
La prevención debe sostenerse durante todo el año
La prevención del suicidio no debería limitarse a una jornada o campaña específica. Puede desarrollarse mediante estrategias específicas e inespecíficas.
La prevención específica aborda directamente la problemática suicida a través de información basada en evidencia, reconocimiento de señales de alerta, derribo de mitos, herramientas para pedir ayuda y capacitación de personas que pueden convertirse en referentes ante situaciones de riesgo.
La prevención inespecífica apunta a fortalecer condiciones que favorecen el bienestar y los factores protectores. Incluye la promoción del autocuidado y los hábitos saludables, los vínculos significativos, la convivencia respetuosa, la prevención del bullying y la discriminación, la alfabetización sobre el uso de redes sociales y el desarrollo de habilidades para afrontar situaciones difíciles.
En las instituciones educativas, estas acciones requieren continuidad y transversalidad. El mismo principio puede aplicarse a las familias, clubes, lugares de trabajo, organizaciones sociales y otros espacios comunitarios.
Después de un intento, la prevención continúa
La prevención tampoco termina cuando una persona recibe el alta después de un intento de suicidio. El período posterior puede requerir especial atención y continuidad de cuidados.
De acuerdo con cada situación, el acompañamiento puede incluir seguimiento profesional, participación de familiares o personas significativas, fortalecimiento de la red de apoyo y un plan claro para actuar ante una nueva crisis.
La familia también necesita información y orientación para reconocer señales de alerta, acompañar sin juzgar, favorecer el cumplimiento de las indicaciones profesionales y saber cuándo solicitar asistencia urgente.
Cuando ocurre una muerte por suicidio, las acciones de posvención buscan acompañar a las personas afectadas y, al mismo tiempo, reducir el riesgo de nuevos comportamientos suicidas.
El duelo puede estar acompañado por tristeza, culpa, enojo, vergüenza, preguntas sin respuesta o una búsqueda persistente de explicaciones. En estos casos es especialmente importante evitar la culpabilización: una muerte por suicidio no puede atribuirse de manera simplista a una discusión, una persona, una institución o un acontecimiento puntual.
También es necesario cuidar la manera en que estas muertes son comunicadas públicamente. En escuelas, comunidades, medios y redes sociales resulta importante evitar la romantización del suicidio, no presentarlo como una solución y no difundir detalles innecesarios sobre el método utilizado.
El foco puede ponerse, en cambio, en el sufrimiento, las posibilidades de tratamiento, los recursos disponibles, las redes de apoyo y la importancia de pedir ayuda.
Una responsabilidad de toda la comunidad
La prevención del suicidio no es exclusivamente una responsabilidad del sistema de salud. Involucra a las familias, las escuelas, los lugares de trabajo, las instituciones, los medios de comunicación y a la comunidad en su conjunto.
Quien atraviesa una crisis no necesita necesariamente que otra persona tenga todas las respuestas. Muchas veces, el primer paso consiste en advertir que algo está ocurriendo, acercarse, escuchar sin juzgar y conectar a esa persona con la ayuda adecuada.
Mirar hacia otro lado no es la mejor opción frente al sufrimiento de alguien cercano. Preguntar, escuchar, acompañar y pedir ayuda también son formas de prevenir.
Ante una situación de riesgo, no es necesario ni recomendable cargar individualmente con la responsabilidad de resolverla. Se puede recurrir a familiares, referentes, equipos de salud, instituciones o servicios de emergencia.
Pedir ayuda está bien
Si una persona atraviesa un momento de intenso sufrimiento, no tiene que afrontar la situación en soledad. Pedir ayuda es un paso importante y existen personas y servicios preparados para acompañar.
Si alguien cercano manifiesta pensamientos suicidas o atraviesa una situación que genera preocupación, es importante no guardar esa información en secreto y buscar a un adulto responsable, un profesional de salud o un servicio de asistencia.
En Argentina, entre los recursos mencionados se encuentran:
-Línea de asistencia al suicida: 135.
-Línea de asistencia en salud mental: 0800-999-0091.
-Centros de salud.
-Emergencias: 911.
-WhatsApp de asesoramiento de la Asociación Red Argentina de Suicidología: 2920-244099.
Ante un riesgo inminente, corresponde comunicarse con el servicio de emergencias correspondiente.
Una comunidad que escucha también previene
La prevención comienza mucho antes de una crisis. Se construye cuando una comunidad aprende a reconocer el sufrimiento, deja de lado los prejuicios, puede hablar responsablemente sobre el suicidio y comprende que pedir ayuda no es una señal de debilidad.
Escuchar no resuelve por sí solo una crisis, pero puede ser el comienzo de un camino hacia la ayuda. Este articulo reúne la mirada y experiencia profesional del doctor Alejandro Lupi, médico psiquiatra; Melisa Delset, psicóloga; Mariano Marillan, licenciado en Servicio Social; Marcelo Mandri, negociador en Situaciones de Crisis y suicidólogo; y Verónica Calamante, psicóloga, integrantes de la Asociación Red Argentina de Suicidología.
Desde distintas disciplinas, sus aportes coinciden en una premisa fundamental de la prevención se construye colectivamente, a partir de comunidades capaces de escuchar, acompañar, reconocer el sufrimiento y facilitar el acceso a la ayuda.