30 AÑOS DE NOTICIAS
Amanecer de una noche agitada
Hace 30 años era lunes, de esos lunes que empiezan con resaca de domingo y olor a tinta fresca aunque todavía no haya tinta. Veníamos de un día en el que Damon Hill había ganado en la Fórmula 1 como si manejara por la costanera sin viento, el juicio por el caso Fredy Pazos amagaba con abrirse como una puerta pesada, y el gobernador Pablo Verani prometía sueldos para Pascuas, como quien promete lluvia en la Patagonia: con fe, pero mirando el cielo. Todo eso iba a parar a la tapa de Noticias de la Costa, aunque todavía fuera apenas una idea dando vueltas.
Pasaron 30 años, y parece mentira, pero también tiene algo de justicia poética. Porque cada historia chiquita que fue contando el diario terminó siendo un ladrillo en una pared que nadie planificó del todo, pero que igual se levantó: ni más ni menos que la memoria compartida de viedmenses y maragatos.
Aquel 31 de marzo terminamos el suplemento deportivo con Julio Morales y Carlos Blanco cerca de las once de la noche, con los ojos cansados y la sensación de que el fútbol siempre es más urgente que todo lo demás. El resto del diario todavía era un rompecabezas desparramado sobre la mesa, esperando ordenarse antes de la rotativa. Nos quedamos toda la noche. Había de todo: expectativa, preocupación, algún enojo que duraba lo que un suspiro, risas que rebotaban en las paredes y unos vasos de whisky que aparecieron como aparecen las cosas importantes, sin que nadie pregunte demasiado. Yo, por respeto o por miedo - que a veces son lo mismo -, ni los toqué. Tipos como Juan Carlos Ferrari, Gabriel Kaminszczik y Raúl Sale imponían una especie de silencio invisible que te acomodaba la conducta, al menos a un muchacho de 18 años como yo en ese momento.
El diario venía retrasado, como llegan las cosas que importan. Cada vez que parecía listo, algo fallaba: una máquina, un cable, un detalle mínimo con vocación de catástrofe. Un par de meses antes, una idea brillante de Alexis Sánchez había empapelado Viedma y Patagones con un afiche misterioso: una botella flotando en el mar y una frase que prometía lo que todavía no existía. Era una invitación y una incógnita al mismo tiempo.
Pasadas las seis de la mañana del lunes 1 de abril nos fuimos, con el cuerpo agotado y el alma en guardia. Pero nos llevamos el diario bajo el brazo como si fuera un trofeo o una prueba de que la noche había valido la pena. Nadie quiso perderse la danza de la rotativa. Y ahí empezó todo de verdad.
Porque el diario no fue solo un medio: fue una forma de pertenecer. Con el tiempo, Noticias de la Costa se volvió una especie de brújula comunitaria. Lo que pasaba - y lo que pasa - necesitaba, casi por costumbre, pasar por sus páginas para tener entidad, para ser parte del relato colectivo.
Hubo años buenos y años difíciles, como en cualquier vida que se toma en serio. Pero quedaron cosas que no se negocian con el tiempo: la experiencia que no se borra, el aprendizaje que se pega a la piel y los nombres propios que se vuelven afecto. Elvio Saizar, Gustavo Glave, Julio Morales y tantos otros que se fueron sumando después, como Gustavo Dejtiar, ampliando ese mapa humano que también es el diario.
Mirando hacia atrás, lo que aparece no es solo una cronología de hechos, sino una emoción sostenida. Haber sido parte de ese comienzo tiene algo de privilegio y de responsabilidad. Porque el periodismo, cuando es honesto, no solo informa: acompaña, registra, incomoda y, a veces, abraza.
Dicen que veinte años no es nada. Puede ser. Pero treinta…treinta es una vida entera condensada en una crónica. Y en esa vida, haber estado ahí desde el principio no es un detalle: es una marca. Una de esas que no se ven, pero que explican todo en una nota.