A 50 AÑOS DEL GOLPE DEL 24 DE MARZO DE 1976
Ni el frío ni el agua detuvieron el grito de "Nunca Más" en las calles de Viedma
Viedma amaneció gris, como si el cielo quisiera acompañar el peso de una fecha que, a medio siglo de distancia, sigue doliendo y movilizando con la misma intensidad. Este 24 de marzo no fue uno más: se cumplieron 50 años del inicio de la dictadura militar de 1976 y la ciudad respondió con una muestra de dignidad colectiva que superó cualquier pronóstico meteorológico.
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Cerca de las 17 horas, la Plaza San Martín comenzó a poblarse de un paisaje familiar pero siempre renovado. Pancartas con rostros que el tiempo no logra borrar, pañuelos blancos que son brújula y banderas que flameaban pesadas por el agua. No importó el frío; la urgencia de recordar era más fuerte.
La marcha, encabezada por los referentes de la Asociación Civil de Familiares de Víctimas del Terrorismo de Estado de Río Negro, inició su andar por la Avenida 25 de Mayo. El paso era lento pero firme. Detrás de los familiares, una columna compacta de organizaciones sindicales, agrupaciones políticas y, sobre todo, una presencia mayoritaria de jóvenes que tomaron la posta de una historia que no vivieron, pero que les pertenece.
El recorrido trazó un mapa de resistencia por el centro viedmense: calle Buenos Aires, Saavedra, Garrone y Belgrano. La lluvia, lejos de dispersar, pareció amalgamar el sentimiento de unidad en el pedido de Memoria, Verdad y Justicia.
Una jornada de ritos necesarios
La movilización de la tarde fue el cierre de un día cargado de simbolismos. La actividad había comenzado temprano con el acto oficial en la Municipalidad, pero encontró uno de sus momentos más vibrantes en el Puente Ferrocarretero. Allí, el tradicional "Pañuelazo" pintó de blanco la estructura que une Viedma con Patagones, recordándole al río Negro que la lucha de las Madres y Abuelas sigue vigente en cada rincón de la Comarca.
Al regresar a la Plaza San Martín, el punto de partida y llegada, el cansancio por el clima se transformó en mística. Los discursos finales recordaron a los desaparecidos locales y reafirmaron que, a 50 años del horror, Viedma sigue siendo una ciudad que elige no olvidar.
Bajo los paraguas y los pilotos empapados, quedó flotando una certeza: la memoria en la capital rionegrina es un músculo que se ejercita bajo el sol o bajo la lluvia, pero que jamás se detiene.