2026-03-18

Ya no es una enfermedad de la vejez: el giro alarmante que preocupa a los oncólogos

Se vuelve crucial el conocimiento de los antecedentes familiares y los controles sistemáticos.

El escenario epidemiológico del cáncer colorrectal (CCR) está sufriendo una metamorfosis que preocupa a la comunidad médica internacional y local. Históricamente asociada a pacientes de edad avanzada, esta patología se está expandiendo rápidamente entre las generaciones más jóvenes, consolidándose como una de las principales causas de muerte por tumores en este grupo demográfico.

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En vísperas del Día Mundial de Concientización sobre el Cáncer de Colon (31 de marzo), el doctor Rubén Kowalyszyn, director médico del Instituto Multidisciplinario de Oncología y presidente de GAICO, brindó datos contundentes sobre la realidad argentina: el país se ubica entre las diez naciones con las tasas de mortalidad más altas a nivel mundial por esta causa, con 7.500 fallecimientos anuales.

El factor "edad: una frontera que retrocede

Lo más alarmante es el cambio en el patrón de edad. Según el especialista, en las últimas tres décadas la incidencia en menores de 50 años creció un 50%. Las proyecciones no son alentadoras: para el año 2030, los diagnósticos en jóvenes podrían incrementarse en un 90%.

“Un factor crítico es el subdiagnóstico o detección tardía”, explicó Kowalyszyn. Las estadísticas reflejan que más del 60% de los jóvenes son diagnosticados en fases avanzadas, una cifra superior al 50% observado en adultos mayores, lo que dificulta significativamente el éxito de los tratamientos.

¿Por qué afecta a los más jóvenes?

Las razones detrás de este desplazamiento generacional no responden a una única causa, sino a un entramado de factores que la ciencia denomina "multifactoriales".

Investigaciones de instituciones de prestigio mundial, como las universidades de Harvard, Washington y el Imperial College London, coinciden en que el estilo de vida moderno ha acelerado la aparición de la enfermedad a través de factores de riesgo que son, en su mayoría, modificables.

En el centro de la escena aparece la nutrición crítica. Los expertos señalan que el bajo consumo de fibra, sumado a una dieta con alta presencia de carnes rojas y procesadas, altera el entorno intestinal. A esto se suma el impacto de los alimentos ultraprocesados: estudios publicados en The Lancet destacan que consumir más de dos bebidas azucaradas al día llega a duplicar el riesgo de desarrollar este tumor en mujeres jóvenes.

Sin embargo, el problema no termina en la alimentación. El sedentarismo, el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol completan un cuadro de situación complejo. Más allá de los hábitos, la comunidad científica también investiga componentes biológicos más profundos, como la deficiencia generalizada de vitamina D y las alteraciones en el microbioma intestinal, ese ecosistema de bacterias que habita en nuestro sistema digestivo y que parece ser clave en la protección - o vulnerabilidad - frente al cáncer.

La ventana de los 15 años: prevenir es posible

A pesar de la crudeza de las cifras, el cáncer de colon ofrece una ventaja que pocos tumores tienen: una ventana de intervención de entre 10 y 15 años. Ese es el tiempo que tarda un pólipo en transformarse en una lesión maligna.

“Más del 80% de los casos se originan de pólipos que crecen lentamente. Por eso, las guías actuales recomiendan iniciar los controles a los 45 años”, enfatizó el oncólogo. Las pruebas de detección, como la colonoscopia o el test de sangre oculta en materia fecal, permiten eliminar estas lesiones antes de que se conviertan en cáncer.

Claves para la prevención 

A pesar del complejo panorama estadístico, el cáncer de colon se presenta como una de las patologías más prevenibles si se actúa bajo una estrategia clara de autocuidado. Los especialistas coinciden en que la piedra angular de la supervivencia reside en la anticipación.

En ese sentido, las guías médicas actuales establecieron un nuevo estándar: iniciar los estudios preventivos de forma sistemática a partir de los 45 años, permitiendo detectar lesiones antes de que desarrollen malignidad.

Sin embargo, el cronograma de salud no es igual para todos. El conocimiento de los antecedentes familiares resulta un factor determinante; si un pariente de primer grado ha padecido la enfermedad, la recomendación médica es estricta: los controles deben adelantarse diez años respecto a la edad en la que aquel familiar fue diagnosticado.

Finalmente, la prevención se completa fuera del consultorio, en las decisiones del día a día. Adoptar hábitos saludables funciona como una barrera biológica: sostener una dieta rica en fibras - basada en frutas, verduras y cereales integrales -, realizar actividad física de manera habitual y reducir drásticamente el consumo de alimentos ultraprocesados son las herramientas más eficaces para modificar el entorno de riesgo y proteger la salud intestinal a largo plazo.

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