Oscar González, el artista que le puso cuerpo y alma al teatro de títeres
La capital rionegrina, creció con el paso de los años y con ella su población, su movimiento social y cultural que le dan vida, experiencia y arte a través de distintas personalidades. Unas de las más destacadas en su hacer cultural, fue Oscar González, un titiritero que le dio letra, escenario y amor a su trabajo, marcando más de cuatro generaciones en la región.
Lee también: Las Grutas será sede del Encuentro Coral “Voces del Mar” con más de 200 cantantes de todo el país
Lejos de haber planificado una carrera en el teatro de títeres, González recuerda que su inicio fue “fortuito”. Estaba en tercer año del secundario cuando empezó a experimentar con este lenguaje sin imaginar que marcaría su vida para siempre. “Nunca pensé que esto iba a ser mi profesión. Y bueno, ese mérito lo tienen los títeres... Soy un agradecido a los títeres”, confesó en dialogo con la redacción de NoticiasNet.
Aquella elección casi accidental, fue también, en sus palabras, una manera de definirse y de resistir. “Cuando te gusta algo, seguís, con todas las imposibilidades que pueden ocurrir en el medio. Uno sigue trabajando para que eso avance, para que no muera”.
La historia se entrelaza luego con su pareja, compañera de vida y de escenarios. “Empezamos a hacer títeres juntos. Luego vinieron los hijos. Y ya era irreversible”, recordó con ternura. La construcción de un proyecto familiar y artístico, donde el amor y la creación fueron de la mano.
Los títeres como lenguaje, arte y mirada
Consultado sobre que significa se titiritero, González fue contundente en sus palabras, dejando en claro que no es solo animar objetos: es comprender la complejidad del lenguaje escénico, visual, plástico, social. “Es manejar el lenguaje de los títeres, que tiene que ver con el diseño, el modelado, la pintura… Pero también con poner el cuerpo, el alma, para animarlo. Eso lo convierte en un hecho teatral”.
El teatro de títeres, según él, exige una mirada profunda del contexto en el que se crea. “Requiere una lectura del contexto social, económico, histórico. Los títeres reflejan un tiempo y un espacio, un momento en la historia en un determinado lugar. No necesariamente de forma confrontativa, pero sí con un reflejo del presente”.
Y en esa observación está la clave para el que transformar la realidad desde la creatividad. “Hacer títeres es leer y recrear la realidad, volverla a crear con una visión diferente, creativa, participativa. Es parte de la construcción de un ser humano sano”, afirmó.
En cuanto a su mirada sobre las infancias y sin romantizar el pasado ni negar los cambios, el titiritero observó el impacto de las tecnologías actuales con una mirada crítica pero abierta. “El celular es una herramienta. Pero si no volvemos al contacto afectivo, vamos a desaparecer como humanidad”.
Y agregó: “Los títeres son muy vivos. Se usan como soporte también, claro. En pandemia muchos colegas sobrevivieron haciendo funciones por Zoom. Pero los títeres no van a desaparecer. Están muy próximos al ser humano. Y si el ser humano no hace teatro, desaparece”.
Sembrar cultura en el caos
Los primeros pasos formales en la formación artística de González se dieron en La Plata. Allí, junto a compañeros como Adrián Blanco y Julio Meilán, formaron un grupo de títeres. “Éramos dos compañeros de acá, de Viedma, hacíamos títeres juntos. Adrián se fue a estudiar Filosofía y Letras y yo me fui a estudiar Escenografía en Bellas Artes, con el sueño de aplicarlo a los títeres”.
Con el tiempo, la universidad y los caminos personales separaron los proyectos. Pero el vínculo se mantuvo hasta el fin. “Nos seguimos viendo hasta que lamentablemente lo desaparecieron… lo asesinaron, concretamente, igual que a Julio” se refirió a su amigo como uno de los desaparecidos en democracia.
Durante los años más crudos de represión del 1976, González dejó de hacer funciones por temor. “Teníamos mucho miedo por la situación que vivíamos”. Poco después, fundó el grupo “La Luna”, con el que realizó funciones en distintos puntos de la provincia hasta 1982, cuando conoció a Kike Sánchez de quien se hizo amigo y juntos comenzaron a explorar el lenguaje de las marionetas, dejando atrás los títeres de guante.
En un país atravesado por crisis cíclicas, González insiste en el rol del Estado como educador y facilitador: “Si reaparecen instancias estatales que generen espacios de experimentación, esto se despierta. Siempre va de la mano de los momentos políticos, económicos, sociales… estamos en una etapa de destrucción, pero volveremos a crecer”.
Por otro lado, analizó el contexto actual y sostuvo que “los títeres se rebuscan para buscar las pequeñas endijas, los huequitos que van quedando en esas contradicciones de un sistema tan nefasto como este” dijo en relación al gobierno de Javier Milei.
También valoró el esfuerzo de los gobiernos provinciales y municipales que, pese al ajuste nacional, intentan sostener espacios culturales: “Es muy valioso lo que hacen, aunque me gustaría que fuera más, pero esos huecos que van quedando son aprovechados por gente empecinada, que tiene una visión de lo que es la producción artística y cultural como expresión humana” valoró positivamente.
El arte como un valor humano para la transformación social
Oscar González cree que todo acto artístico se completa en el encuentro con el otro. “En todo lo comunicativo, lo expresivo, el otro es esencial. Si no, no hay comunicación. Nos vamos poniendo antisociables por los desproyectos que nos rodean. Pero si no existe el espectador, no hay teatro. No se cierra el ciclo”.
Y concluyó: “Uno puede hacer teatro para sí mismo, pero el ciclo no se termina de cerrar. No se regenera, no se reconstruye la visión que uno tiene. Es el otro quien permite esa transformación y en ese encuentro, siguen vivos los títeres, sigue vivo el teatro y seguimos vivos nosotros”.