2025-06-11

Veredicto en Viedma: fe evangélica y perros rastreadores enfrentados en un brutal robo rural con tortura

El caso que juzga a Flavio Herrera Sáez por un ataque en un campo de General Conesa enfrenta dos relatos opuestos: el de una comunidad evangélica que da fe de su inocencia, y el de peritos que aseguran que su olor estuvo en la escena del crimen.

Este jueves 12 de junio, el tribunal que integran los jueces Daniela Zágari, Ignacio Gandolfi y Marcelo Álvarez dará a conocer el veredicto en uno de los juicios más complejos que se tramitaron en los últimos meses en Viedma. Se trata del caso que investiga un violento robo ocurrido en 2023 en un establecimiento rural a unos 45 kilómetros de General Conesa, donde un hombre fue torturado con cuchillos y picanas para robarle los ahorros de su vida.

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El único imputado es Flavio Evangelista Herrera Sáez, un trabajador de origen chileno que ya había estado en el lugar tiempo antes, contratado para tareas de electricidad. La fiscalía lo acusa de haber participado del ataque junto a al menos un cómplice, y asegura tener pruebas contundentes: una identificación por la voz, rastros de pisadas compatibles con sus zapatillas, precintos encontrados tanto en la casa de la víctima como en la suya, y una pericia odorológica que lo ubicaría en la escena del crimen.

La defensa, sin embargo, plantea un relato completamente distinto: sostiene que la noche del ataque, Herrera participaba de una vigilia religiosa en Beltrán, rodeado de decenas de fieles. Y que si su celular estuvo apagado durante varias horas no fue para encubrir nada, sino por respeto a Dios.

Las pruebas de la fiscalía: voz, huellas, precintos y olor

El ataque ocurrió entre las 23.30 del 8 y las 00 del 9 de julio de 2023, en el campo “La Costa”, donde Segundo Sandoval, un hombre mayor, dormía cuando fue sorprendido por dos personas. Lo ataron con precintos, lo golpearon, lo picaniaron y lo apuñalaron por la espalda. Le robaron alrededor de un millón de pesos y lo dejaron abandonado, herido, en plena noche rural.

En el juicio oral, la fiscal Maricel Viotti Zilli presentó un conjunto de pruebas que, según ella, ubican a Herrera en la escena. El relato de la víctima fue clave: dijo haber reconocido su voz cuando, al intentar sacarle la gorra a uno de los atacantes, escuchó: “no hueviés, viejito”. Esa expresión, común en el habla chilena, lo llevó a identificar al agresor como el electricista que había trabajado en el campo dos años antes.

Los investigadores también encontraron rastros de pisadas en el barro y el interior de la vivienda, que coincidían en diseño y tamaño con un par de zapatillas secuestradas en la casa del acusado. Además, hallaron precintos similares en ambos lugares. Pero lo más llamativo fue el uso de perros entrenados en odorología: los animales marcaron sin dudar los rastros olfativos de Herrera en los elementos recolectados.

Todas las evidencias apuntan a Herrera. Incluso el tiempo que estuvo desconectado: desde las 23.30 hasta las 2 de la mañana, no tuvo actividad telefónica. Ese fue el momento del ataque”, sostuvo la fiscal.

La defensa: vigilia evangélica, dudas científicas y testigos de fe

El abogado defensor, Miguel Ángel Flores, contraatacó con una estrategia que mezcla lógica, religión y escepticismo científico. Presentó dos testigos que aseguraron haber visto a Herrera esa noche en una vigilia religiosa evangélica, que se extendió desde las 20 hasta las 2 de la mañana. Incluso, aportaron una nota firmada por unas veinte personas que daban fe de su presencia.

La vigilia no fue una coartada. Fue un acto de fe. Mi defendido apagó el celular porque estaba orando, no porque estuviera delinquiendo”, dijo el defensor.

También cuestionó con dureza las pericias: sostuvo que la odorología “no es una ciencia”, sino una práctica no estandarizada, con márgenes de error. Señaló además que las zapatillas son de un modelo común, que no coinciden exactamente en tamaño con las huellas halladas, y que en el Valle Medio hay muchas personas de origen chileno que podrían haber dicho la frase que identificó la víctima. Para Flores, el juicio no probó la coautoría de su defendido.

El hecho existió, sí. Pero no se ha demostrado que Herrera haya estado allí. Las dudas son más fuertes que las certezas. Y en un juicio penal, eso obliga a absolver”, cerró.

¿Quién estuvo allí? Entre el testimonio de la fe y los rastros del crimen

La fiscalía cree haber reconstruido el trayecto del crimen: que Herrera asistió al inicio de la vigilia, se retiró sin que nadie lo notara, recorrió los caminos rurales (que estaban en buen estado, según un perito), cometió el asalto y volvió antes de que terminara la ceremonia.

La defensa dice que eso no es más que una conjetura, y que el verdadero relato está en las voces de la comunidad evangélica que “dan fe” de su inocencia.

Entre un perro que huele el crimen y un grupo de fieles que juran que “él estaba con nosotros”, el tribunal deberá decidir qué pesa más: la ciencia, la fe, o la duda.

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