2024-03-19

A CUATRO AÑOS DEL CONFINAMIENTO QUE OBLIGÓ EL COVID 19

La contención emocional, una experiencia clave para enfrentar la muerte

El 20 de marzo de 2020, el gobierno nacional se vio obligado a determinar el confinamiento de la población, ante el avance del COVID 19, sin vacunas en ese momento. Viedma fue una ciudad que el 12 de marzo encendió las luces amarillas cuando hubo que cerrar la escuela GAIA porque una docente que había viajado al exterior volvió con los síntomas implicando un riesgo para la población.

No solo fue una emergencia sanitaria sin precedentes sino que se convirtió en una económica y social, cuya magnitud y consecuencias están teniendo un impacto dramático en las familias más vulnerables. Esto significa que entre 2019 y 2020, ingresaron a la pobreza 2,5 millones de personas, y sin las medidas de transferencias llevadas a cabo por el gobierno argentino la tasa de pobreza podría aumentado 2,6 puntos porcentuales más, alcanzando al 43,5% de la población.

Afortunadamente, la pandemia no es una realidad olvidada, dado de que por diversas razones se ha tomado como objeto de investigación ya que dejó al desnudo en la provincia de Río Negro –según datos al 5 de junio de 2022- más de 140.000 afectados y unos 2.615 fallecidos. 

Entre 2020 y 2022, los profesionales del Hospital Zatti le pusieron el cuerpo salvando pacientes y se convirtieron en una barrera de contención hacia la muerte e incluso hubo quienes se convirtieron piezas clave para brindar sostén emocional a pacientes y familiares.

Una de las profesionales del equipo de salvadores fue Ayelen Baqueiro, una kinesióloga que –por caso- le tocó levantar física y espiritualmente a Jorge Martínez, un taxista cipolleño que volvió a la vida en el Zatti gracias al apoyo de los profesionales tras ser derivado en muy malas condiciones respiratorias desde el alto valle en avión sanitario.

A cuatro años de ese fatídico 2020, Baqueiro dejó ante NoticiasNet un par de reflexiones que pueden calar hondo en cualquier persona que haya tenido un familiar o allegado fallecido. “Trabajamos todos los días. Para nosotros fue un ritmo cansador, (vivimos un) panorama terriblemente triste porque veías la familia que no podía entrar, el médico le daba el informe por teléfono, nosotros los kinesiólogos estábamos disfrazados todo el día conteniendo pacientes diciendo que iba a estar todo bien y cuando lo entubabas se morían”, rememoró.

Contó que “un día que hubo cinco pacientes muertos, fue una estadística altísima fue una ola gigante y cuando cayó la ola todo pasó, y los profesionales de salud nos quedamos revolcados y tirados en la arena sin agua. Ahora somos los últimos de todos y pasamos al ´chiquitaje’”.

Reflexionó con que “para nosotros los que trabajamos en terapia intensiva,  que vimos la muerte de frente, a mí me dejó una mezcla muy triste, muy decepcionada del sistema de salud porque nos bajaron el valor en todo sentido y no nos reconocieron en nada, y a su vez recordar cuántas muertes se nos han ido, cuantos familiares han pasado, cuánta gente hemos visto”.

Agregó que “una ola gigante, una ola de sobre todo tristeza, y esto de no poder tener a la familia, sacar los cuerpos muertos en bolsas, (observamos) demasiada inhumanidad, demasiadas desvalorización hacia la persona. Fue muy cruel, no me gustó nada la medida que tomó el gobierno, ni siquiera nacional, porque nos separó, nos encerró y nos hizo perder los valores”.

Concluyó en que “los profesionales de la salud quedamos muy cansados y muy abatidos porque  el reconocimiento ha sido en el subsuelo y en el olvido, y seguimos en el mismo área con una tristeza del día a día, con pocos recursos, tratando de enfrentar a la muerte, y quedamos muy desanimados”.

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