FAMILIARES DE LA TRAGEDIA DEL CAMPING LOLEN
"No le deseamos el mal a nadie. Queremos que nadie tenga que pasar lo mismo por lo que pasamos nosotros"
El primero de enero de 2016, en una de las playas más concurridas de San Martín de los Andes, un árbol inmenso se desplomó sobre la costa y mató a Martina Sepúlveda, de 2 años y a Matías Mercanti, de 7. Por el hecho, fueron imputados por homicidio culposo cuatro guardaparques del Parque Nacional Lanín y dos responsables del camping donde se produjeron las muertes. Recién en 2019, se juzgó y sobreseyó a los acusados. El Tribunal de Casación hizo lugar a la apelación presentada por la familia y un nuevo juicio tendrá lugar el próximo 30 de octubre. La semana pasada, trabajadores de Parques Nacionales llevaron adelante un paro en apoyo a los procesados, lo que para el círculo íntimo de las víctimas resultó una provocación. A casi 8 años del horror, las familias de los niños fallecidos conviven con un dolor abismal, sin paz, sin responsables, sin justicia.
Según la investigación que publicó el sitio LMNeuquen todos los días, antes de dormir, Soledad Di Lello pide soñar con su hija. A la mañana siguiente, abre los ojos y por más esfuerzo que haga no logra recordar nada. Quizá la última vez que lo hizo, fue unos meses después de que esta tristeza sin tregua llegara a su vida. Martina tenía dos años y medio y estaba en proceso de dejar los pañales. Esa noche la soñó sonriendo, divertida sobre la mesa, esperando que su mamá le cambiara el pañal. Al lado estaban su sobrina Mica y otras personas que no puede distinguir, pero a las que les decía: “no se muevan, por favor, porque si ustedes se mueven, Martina desaparece, se va a ir”. La muerte también es batallar contra el olvido. En contrapunto, la memoria se vuelve el bastión de quienes aún reclaman justicia: recordar los detalles, recordar por qué se batalla.
Es el primer día del año y van a celebrarlo al aire libre en familia. Soledad se acostó tarde y despertó temprano con sus hijos. Limpia y ordena el lío que quedó de los festejos. El cielo está un poco nublado, pero la temperatura es muy agradable y no hay viento. En temporada alta no es fácil encontrar una playa tranquila y cercana para pasar la tarde, pero saben que en Lolen alguien les guardó un lugar y hacia allí van abuelos, nietos, sobrinos, tíos: no falta nadie.
Lolen es un camping de la comunidad mapuche Curruhuinca, ubicado sobre la bahía Catritre, dentro del Parque Nacional Lanín. Es también una de las playas más cercanas al centro de San Martín de los Andes; apenas a 4,5kms del inicio de la ruta de los Siete Lagos, lo que hace que miles y miles de turistas y locales la visiten cada verano. Esa tarde no es la excepción y está repleta de familias que disfrutan del majestuoso Lacar y de los bosques frondosos.
Los Sepúlveda Di Lellio llegan, pagan la entrada y se reúnen con toda la parentela. Fran se encuentra con Matías, su compañero de fútbol que está en la playa junto a su hermana pequeña, abuelos y padres; Martina se les suma enseguida, nunca quiere separarse de su hermano y más si se trata de jugar con otros niños. En el agua, están las primas más grandes de Martina y Fran que los miran mientras juegan felices. Es una tarde suave, con esa suerte de alegría renovada que implica comenzar un año, de risas niñas que se mezclan con el oleaje, de mates, sol, de abrazos, baldes y palitas. Soledad mira a sus hijos jugar, pero está muy cansada y se duerme profundamente en la reposera.
De pronto, se escucha un griterío y luego el estruendo ensordecedor. Después todo es desesperación; después Soledad corre por la playa buscando a sus hijos; después los guardavidas municipales rescatan del agua a las personas que se hundieron y aún están atrapadas entre las ramas del árbol; después alguien aparece con una motosierra; después está Francisco parado, estático, al lado del roble con la espalda llena de cortaduras y raspones, preguntando por su hermana; después hay sirenas y llantos; después la muerte se impone y toallones, juguetes, miguitas de budín quedan tirados sobre la costa y a nadie le importa, porque ya nunca más nada tendrá valor. Es el primero de enero del 2016 y dos niños acaban de morir en la playa, aplastados por un roble pellín de 40 metros.
Cuando las familias de los niños pudieron respirar, inmediatamente comenzaron con su reclamo de justicia en las calles y en las redes sociales. ¿Por qué nadie pudo advertir que ese árbol podía caer si tenía las raíces afuera? ¿Por qué no había más controles si ese espacio es uno de los más concurridos del principal destino neuquino? ¿Por qué si ingresas a un parque Nacional representa un peligro de vida nadie lo advierte?
Luego de la catástrofe, se determinó que no solo ese roble pellín representaba un peligro para los visitantes, sino que también lo era otras especies en condiciones similares, ya que inmediatamente se realizó el apeo preventivo de 40 ejemplares y el raleo de otros 100 árboles. Según explica un prestador turístico de la zona, “las playas estuvieron cerradas cerca de dos meses para realizar ese trabajo, al que también se sumó a ayudar la comunidad mapuche”.
Ante la inmediata acusación que recayó sobre el personal de parques, uno de los primeros argumentos que esgrimieron fue que resultaba imposible controlar todo el territorio del inmenso Parque Nacional Lanín. Sin embargo, como explica el mismo prestador, “en Catritre había un puesto de guardaparques. El tema es que la mayoría del personal no eran guardaparques formados, sino auxiliares. Había un control de árboles de las especies, si uno lo demandaba, pero ellos tenían como política mantener el bosque de forma natural”.
El juicio oral, que se llevará a cabo en el Tribunal Federal de Neuquén, desde el 30 de octubre al 2 de noviembre, tiene como imputados por homicidio culposo, incumplimiento y violación de deberes de funcionarios públicos y lesiones graves al jefe del Departamento de Conservación y Manejo, Juan Jones; al titular de Guardaparques, Diego Lucca; a la jefa de Uso Público del Parque Nacional Lanín, María Hileman; al guardaparques Matías Encina; como así también a Milena Cheuquepan y Juan Delgado, concesionarios del camping.
“Nosotros no le deseamos el mal a nadie. Solo queremos que nadie tenga que pasar lo mismo por lo que pasamos nosotros. Una administración del Estado Nacional debe cuidarnos, no desprotegernos. Cuando vas a un lugar que está habilitado, donde cobran una entrada, uno confía, uno dice estoy entrando a un lugar seguro. Por eso pedimos que la justicia determine responsabilidades, para que las cosas puedan transformarse. Si mañana esto queda en la nada, estamos a la buena de Dios”, explica Lucas, el papá de Martina.