Qué lleva a los jóvenes argentinos a matar y morir: el libro que reedita la masacre de Carmen de Patagones
En 2009, el periodista Javier Sinay editó Sangre joven, un libro en el que recorrió crímenes que marcaron a Argentina y que involucraron a jóvenes. Además de presentar los casos, buscó reflexionar sobre las causas y consecuencias. Teorías y especulaciones sobre qué lleva a chicos, mayormente en la franja de la adolescencia, a matar y morir.
En las últimas semanas hubo una reedición algo maximizada. El autor, en La Nación, contó que se encargó de revisar línea por línea cada página, para agregar o quitar. En definitiva, lo que logró, gracias al paso del tiempo, fue darle algo más fuerza a ciertos puntos y relatos.
“En diez años muchas cosas cambiaron; se nota especialmente en la conciencia actual sobre la violencia de género. El uso de la palabra femicidio no era tan común antes”, comentó y agregó: “Sangre joven era un mosaico donde la muerte brutal daba paso al rito de la vida cotidiana”.
El revivir ciertos casos emblemáticos, aparece en sus páginas la masacre de Carmen de Patagones. “No hay nada más cotidiano para un adolescente que ir al colegio. En Carmen de Patagones el aula de 1º B Sociales era pura charlatanería el martes 28 de septiembre de 2004: había gritos, risas, faltaba poco para la guerra de tizas, lo que pasa siempre que 29 adolescentes van llegando a la primera hora para esperar a un profesor. Como la preceptora estaba hablando por teléfono, ellos entraron solos y comenzaron a acomodarse. En breve llegaría el profesor de Derechos Humanos para dictar la primera clase del día. Federico Ponce, que se había quedado hasta las cuatro de la madrugada grabando un cedé con cumbia y rock para un amigo, lo buscaba para dárselo”, comienza su relato.
Y continúa su desarrollo: “El chico opaco al que le decían Junior también andaba por ahí. Cuentan, pero nunca nadie lo confirmó, que el día anterior él le había dicho algo extraño a su amiga Sandra Núñez: ‘Mañana no vengas porque va a pasar algo terrible’. Sandra, sin embargo, estaba sentada detrás de él. El lugar de Junior era cerca de la puerta del aula, en la primera fila”.
"Pero se movió y se paró adelante del pizarrón, y observó. 'Miró el pizarrón, miró a todos, miró quién estaba, quién faltaba, miró la situación”, me dijo algunos años más tarde Rodrigo Torres, uno de los alumnos de esa división. Después Junior fue a su banco, buscó en sus bolsillos y entonces volvió al frente, y tenía en sus manos la Browning 9 milímetros de su padre, un prefecto naval. Apuntó y gatilló. El primer tiro pareció un chiste: ‘Nos reímos pensando que era un arma de juguete’, me dijo Rodrigo. Pero desde el pizarrón, Junior barrió a balazos el aula”.
“Su expresión inconmovible acompañó la descarga. Las detonaciones se confundieron con los gritos desesperados de las chicas y los chirridos de los bancos. Cuando el primer cargador de trece balas quedó vacío, metió el segundo y disparó dos veces más. Recién ahí la balacera terminó; tal vez la pistola se trabó y él no supo cómo recargarla, o tal vez detenerse fue su propia decisión. Tres alumnos murieron (Federico Ponce, Sandra Núñez y Evangelina Miranda); cinco fueron heridos (Rodrigo Torres, entre ellos)”, reparó.
A continuación, preguntas que todavía rebotan en la Comarca y en el país. Una de las que se hizo el autor fue si hay o hubo más culpables además del tirador. La otra, que responsabilidad les cabe a las autoridades del colegio. Se enfocó en las acusaciones cruzadas, marchas y quejas generalizadas de aquellos años.
“‘La responsabilidad de la escuela ni se discute’, me dijo Claudia Kloster, la madre de Pablo Saldías, uno de los heridos. ‘El chico (Junior) hizo algo así porque estaba loco, pero la parte más fea de todo esto era que se podría haber prevenido. Porque todos los adultos responsables que estaban ahí adentro sabían que el chico estaba loco. Él ya venía haciendo muchas demostraciones. Entonces estamos hablando de que hay un culpable, pero hay muchos responsables”, prosiguió contado Sinay sobre el hecho y las repercusiones.
Todas las historias de Sangre joven son reales. Aún las encuentra en Google cualquiera que las quiera buscar. Todavía recuerdo a cada persona que entrevisté —asesinos incluidos— para saber por qué habían ocurrido. Y por eso agregué un epílogo que intenta dar una respuesta a la pregunta de por qué matan los jóvenes. Aunque es difícil encontrar los motivos, ensayé algunas hipótesis: frustraciones mal encausadas, explosiones de celos incontenibles, delirios adolescentes, relaciones enrarecidas entre amigos que no son tales. Los crímenes son momentos al límite, actos salvajes, violentos y breves. Duran unos minutos: un despliegue de fuerzas y se acabó”, cerró.