El país hiperfutbolero no banca otra disciplina deportiva que no sea la que se juega en campos de césped once contra once. No hay noticia extrafutbolística que opaque cualquier hecho menor que tenga que ver con la número 5.
Lo de ayer fue una muestra más. El 11 de julio de 2012 quedará en la memoria de unos pocos. Pablo Prigioni, un desconocido para la mayoría, llegó a la NBA, la meca del básquet mundial. Si fuera común y silvestre ver a un argentino jugar la mejor liga del mundo de uno de los cinco deportes más populares del planeta, podría ser comprensible semejante desprecio de los medios de comunicación argentinos. Pero no, resulta que apenas es el noveno que llega a esa liga. Sánchez, Wolkowyski, Herrmann, Scola, Nocioni, Manu Ginóbili, Oberto y Delfino ya lo habían logrado, todos integrantes de la Generación Dorada. Montecchia estuvo a un paso, pero no llegó. Hace un año vino a Viedma con Estudiantes de Bahía Blanca y apenas recibió un tibio aplauso de un puñado de simpatizantes. Así los argentinos tratamos a las estrellas y a los que llevan las banderas. Volviendo a Prigioni ¿No vende aunque sea que el tipo tenga 35 años y resigne mucho dinero para darse un gusto? ¿Tampoco que se convierta en el debutante más veterano de la historia de la liga más famosa? Qué poco, por favor, qué poco.
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