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No hablar de la economía esta semana es imposible. Parafraseando a algún ministro de Hacienda, con alguna licencia poética, debiéramos estar diciendo ‘Hay que pasar el verano‘. La crisis de la semana pasada con el valor del dólar es el corolario de una cadena de acontecimientos negativos que tienen al gobierno como un actor principal y como principal afectado consecuentemente por la pérdida de popularidad en una sociedad que, de manera a veces correcta y otras no, atribuye al gobierno la responsabilidad del curso de la economía toda.


Lejos de los panoramas agoreros que hablaban de default y cepo, la situación ha dado señales de estar estabilizándose. Las medidas que se han tomado para domar la bestia, las que todos conocemos y las más técnicas, son profundamente restrictivas y tendrán un costo político supino. Hay que ver hasta dónde el electorado que acordó con Macri acompañarlo a la presidencia, lo acompaña en esta reedición de su gobierno y su política económica.


Algunos sectores han llegado al absurdo de calificar la situación actual como similar a la de 2001, en una analogía que a las claras es ficticia y muy malintencionada. La situación es compleja, pero nada tiene que ver con la de hace veinte años. No solo crecen los depósitos en dólares, sino que en 2001, más del 60 por ciento de los depósitos eran en dólares, hoy esa exposición está alrededor del 20 por ciento.


A su vez, estos depósitos solo pueden ser utilizados por los bancos para financiar deudores con parte de sus ingresos en dólares, no habiendo riesgo alguno de un descalce del sistema y como corolario las posiciones del sector bancario en bonos en dólares del gobierno que le restarían liquidez son muy, muy bajas.


El desarme de los errores de política monetaria y fiscal, o más bien fallos en la previsión, terminan haciéndose en un contexto internacional de dólares escasos y sequia. El peor escenario, las medidas que debieron tomarse para que este desarme no deviniera en una problemática monetaria aun mayor, con su consecuente crisis de deuda y de la cadena de pagos, nos llevan hoy a ver muy lejos en el horizonte el país creciendo nuevamente.


Dicho esto, si Macri aguanta con quilates políticos y no llega a Febrero esquilmado totalmente, esta corrección brutal que llega desde el mercado es una gran oportunidad para un reverdecer de la economía argentina. El dólar en los niveles que ha alcanzado hoy no solo le da una nueva competitividad a nuestras exportaciones, sino que licúa los pasivos y obligaciones en pesos del Estado y corrige drásticamente nuestros problemas de balanza de pagos. El año que viene encontrará al gobierno con un sector exportador muy dinámico, un sector energético pujante, el déficit fiscal en franco retroceso o desaparición y un Banco Central con gran capacidad de acción dada la neutralización de los elementos que constreñían su capacidad de acción.


Con estas tasas hasta fin de año, poco margen queda para el crecimiento hasta fin de año. Es un contexto difícil, que se suma a un año que ya trae una sumatoria de mala praxis y externalidades negativas importantes.


El camino que le queda por delante al gobierno no es fácil, nunca es fácil ajustar el déficit en un contexto de recesión. Las medidas que elabora el gobierno debieran amortiguar este impacto a través de una lógica recaudatoria, las retenciones.


Ahora, gran parte del éxito en la estrategia económica del gobierno reside en la disciplina fiscal y en el fin de la emisión monetaria. En un año electoral. Con ese pedido tiene que ir Macri hoy a los gobernadores en ocasión del pedido de apoyo en la ley de presupuesto. No es un pedido fácil con un clima electoral instalado. Las restricciones están e impactarán en la política nacional y local.


El aprovechamiento de esta crisis por la oposición ha sido variopinto y marginal. Esto se puede atribuir tanto a una gran impericia técnica y hasta de análisis en un sector hasta la certeza de que cualquier medida correctiva es profundamente impopular en el otro. Desde los sectores más reaccionarios en un punto hasta romántico, que piden un paso al costado hasta el peronismo federal, que intenta una posición más moderada pero siempre, siempre con la sospecha de que alguien tiene el cuchillo abajo del poncho.


En el plano rionegrino, todo está en stand by. Nunca la política rionegrina ha estado tan influida por alguien tan lejano. El clima que prime en la Argentina lo que quede de este año, determinará en gran medida los avatares políticos provinciales. Con un partido opositor férreamente aferrado a un discurso anti-macrista al punto del romanticismo, que la crisis nacional se profundice llena de contenido una alianza pan-peronista que por lo menos es un armado osado ideológicamente por lo amplio.


Por el lado del oficialismo, un empeoramiento de la crisis generaría una nueva batería de medidas contractivas seguramente, que impactarán en las arcas públicas. Por el contrario, que las medidas del gobierno nacional surten efecto, la mejora consecuente en la economía impactaría de una manera muy, muy positiva en una provincia netamente exportadora que cierra el año con sus cuentas sino superavitarias, ordenadas.


El mayor problema que el gobernador esta desandando , ensalzando a algunos de sus ministros es que su figura sigue siendo por muchos cuerpos la que mejor ponderada esta en popularidad. Y no puede ser candidato. Hoy pareciera que el candidato por ahora será el gobierno. Y esto es una apuesta de riesgo en un país como la Argentina, con tantas externalidades donde importa tanto lo bueno que seas como las cosas que te pasen.

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